Wiggins y el col del Granier

Unos seguidores noruegos pasean por la cima del col del Granier

Unos seguidores noruegos pasean por la cima del col del Granier.

A las 10 de la mañana en el col del Granier todavía refresca el ambiente. En la cima hay algo así como una aduana invisible que sirve para avisar que los Alpes se han acabado, que el primer menú de montaña de verdad del Tour2012 ha sido al más puro estilo de los buenos restaurantes franceses: todo muy bueno pero demasiado escaso, sobre todo si se va con hambre. Y hambre de montaña había y sigue habiendo en esta ronda francesa. La etapa del jueves fue durísima, de las que destrozan uno a uno los músculos de las piernas.

A las 10 de la mañana en el col del Granier es necesario abrigarse, intentar llevar las piernas cubiertas y los brazos tapados, el aire alpino que se respira es más primaveral que veraniego. La ruta que conduce hasta la cumbre no es distinta a la de otras cimas del Tour; mucha gente, carretera estrecha y cicloturistas que se animan y se levantan de los sillines en cuanto observan que algún espectador los aplaude. Da igual la edad que tengan, la mayoría se creen que son algo así como una reencarnación de Jacques Anquetil, si son franceses. Curiosa es la imagen de las decenas y decenas de chicas que ascienden en bici, cada vez hay más. Y curiosa otra vez más el desfile de banderas, de todos los países. ¡Hasta hay unos seguidores canadienses! Son de Quebec, el Canadá francófono, que como tantos otros saludan al Tour, del primero al último de los ciclistas. Y unos seguidores de Málaga, con la bandera del equipo de fútbol, que llevan toda la carrera y que cuando pasa Luis Ángel Maté, el corredor de la tierra, del conjunto Cofidis, se vuelven locos, se entusiasman… es uno de los suyos.

El Col del Granier, un primera categoría, duro y no demasiado largo, enclavado a mitad de la 12ª etapa, a 145 kilómetros de la llegada de Annonay, al sur de Lyón, no tiene porque ser un escenario decisivo en la historia de este Tour. A nadie se le ocurrirá atacar tan lejos de meta, con un territorio llano, solo alterado por el puerto de tercera que hay a 18 kilómetros y por la entrada a la ciudad de Annonay, peligrosa y siempre picando hacia arriba. ¿A nadie? Al menos los espectadores que allí se han recogido, que han pasado frío, que han dormido en tiendas de campaña o en las autocaravanas, que han hecho un viaje, incluso desde la otra parte del Atlántico, han visto, no sin sorpresa, como Bradley Wiggins, el líder, el jersey amarillo, ha pasado al ataque; sin duda, algo inesperado. Los seguidores, seguro, esperaban un paso más calmado y no ver al jefe del Tour tan alterado. Seguro que se han preguntado el por qué de la acción. Pues es fácil encontrar la respuesta: sabe que algunos lo han cuestionado, porque siempre hay que cuestionar al que va primero porque va primero y al segundo porque va segundo, y posiblemente Wiggo haya querido demostrar que allí estaba él y que si llevaba la prenda puesta no era precisamente porque se la hubieran regalado. Y por esta razón los seguidores del col del Granier han encontrado una recompensa inesperada a tantas y tantas horas recogidos en la montaña.