Una religión llamada ciclismo

Burros

Eros Poli fue ciclista profesional entre los años 1991 y 1999. Con su metro y noventa y cuatro centímetros este italiano se hizo famoso en el pelotón por su altura. Nunca destacó, ni mucho menos, como escalador pero lleva años y años presumiendo de su gran victoria conseguida en Carpentras, en la Provenza, después de coronar el Mont Ventoux en solitario durante el Tour de 1994. Ganó el mismo día en el que Miguel Induráin se llevó uno de los mayores sustos durante su reinado en la ronda francesa. Bajando el Ventoux perdió el control de la bici, tuvo que sacar uno de los pies de las fijaciones del pedal y con habilidad y un poco de suerte mantuvo el equilibrio y evitó el accidente.

Poli siguió la Vuelta del 2007 ayudando a uno de los patrocinadores de la carrera. En aquella edición la prueba ascendió a Cerler. Poli, acostumbrado al calor del público en el Tour y en el Giro, se sorprendió amargamente de la soledad de la cumbre aragonesa. “No hay nadie”, exclamaba. “Esto no ocurre ni en el Tour ni el Giro”, añadía. Y tenía razón. Fue la del 2007 una edición de la Vuelta ganada por Denis Menchov muy triste y la subida a Cerler solo estuvo animada por los coches acreditados. Y poco más. Allí ya comenzó a verse que algo había que hacer con esta carrera si se quería salvar porque no hay nada más terrible para una prueba ciclista que correr sin aficionados en la cuneta.

Desde hace unos años la Vuelta está encontrando su sitio y, como ha ocurrido este lunes en la inédita subida asturiana a La Cubilla, se pone de manifiesto que el ciclismo es una religión. De lo contrario, sin fe hacia la bicicleta, decenas y decenas de cicloturistas, los que formaban verdaderos pelotones, no habrían afrontado la larga subida hacia la meta de la 16ª etapa de la ronda española. Y algunos, tal como queda reflejado en la fotografía que acompaña este texto, lo hicieron subidos a lomos de un burro y una mula, animales que se siguen empleando para ayudar a la ganadería en esta zona de Asturias.

Acudir a una etapa de la Vuelta que se celebra en un rincón apartado de la ruta con la autovía o la autopista hacia León supone poner en práctica esta religión. Los que suben en bici deben partir de su casa, buscar un sitio lejano para aparcar puesto que la organización tenía muy restringida la ascensión a La Cubilla para todo tipo de vehículos a motor. Luego había que subir en bici. Y era necesario hacerlo cargado con ropa para desguardarse del frescor de la montaña, con temperaturas propias de otoño y con el termómetro siempre por debajo de los 15 grados. Era obligado llevar una mochila a la espalda con las prendas de vestir y también con los bocadillos y la bebida puesto que aquí no hay bares, ni restaurante como ocurre cuando una carrera ciclista termina en una estación de esquí. Y luego, ahora que el día ya es más corto en horas de luz, hay que regresar al coche en bici y luego conducir a los pueblos cercanos o a las ciudades de los alrededores; en Asturias, a Oviedo, Gijón o Avilés, o a León, por el otro lado de la cordillera.

Y todavía el sacrificio y la fe aumentaba cuando se debían hacer a pie 12 kilómetros de subida. Algunos aficionados llevaban a cuestas hasta la nevera de hielo que llevaban entre dos. Suponía horas y horas de camino, escalando la montaña por el prado para recortar el trazado de la carretera y para pensar que luego, sin transporte público, hay que regresar, al menos en bajada, más suave para las piernas aunque lo más seguro es que al día siguiente, debido al descenso, aparecerán unas agujetas terribles por muy bien preparado físicamente que se esté.

Las cunetas de la Vuelta ya no están vacías como hace años. El domingo, en El Acebo había zonas que recordaban las imágenes habituales del Tour por los puertos de los Pirineos o los Alpes. Se ven caravanas con las banderas de los países de sus ocupantes, que no son solo españolas, sino que hay belgas, holandeses y hasta franceses. Y todos, todos, evidencian que son practicantes de la fe del ciclismo, el único deporte, además, que nunca cobra una entrada para asistir al espectáculo de sus estrellas.