Tierra de ciclistas

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A los templos del Tour no se va a orar sino a asaltarlos en bici. Son tierra de ciclistas, rutas de hazañas y subidas para recordar y para que durante unos minutos o incluso unas horas el protagonista se sienta uno más entre esa familia de corredores centenarios que desde principios del siglo XX, cada mes de julio, se enfrentan a la dureza pirenaica y, sobre todo, a la alpina.

En la salida de la autopista de los Alpes, la que utilizan los esquiadores en invierno para acercarse a las más famosas estaciones, los letreros indican dónde está el Galibier al que bautizan como ‘tierra de ciclistas’ con la imagen de un viejo héroe del Tour, que bien podría ser Eugène Christophe, el primero de los héroes que se colocó sobre las espaldas el jersey amarillo. O Octave Lapize quien les gritó a los creadores de la carrera “son ustedes unos asesinos” tras ser el primer pionero que coronó el Tourmalet en solitario.

Quizá dentro de 100 años se cambie la imagen del viejo corredor con sus gafas redondas, su gorrita y un neumático anudado al pecho que indica dónde salir de la autopista para subir al Galibier en bici por la de uno de los héroes contemporáneos: Alaphilippe, Thomas, Kruijkwijk, Bernal, Landa, Valverde… Pero, seguro, que quien se acerca entre primavera y otoño, desde que se van las nieves hasta que se anuncian las nuevas, por alguna de las tierras de ciclistas queda admirado, sobre todo los fines de semana, de los cientos y cientos de corredores que diariamente se atreven con Vars, Izoard o el Galibier, cimas de este jueves, o con el Iseran, que se anuncia para el sábado, o el ausente Alpe d’Huez, o la Croix de Fer, o la Madelaine, o tantas y tantas cimas que se han convertido en la ruta histórica del Tour, cuyos letreros así lo indican, tanto en los Alpes como en los Pirineos, para que los cicloturistas se sientan comprometidos y sepan que están en un lugar ciclista casi sagrado, en un templo de la ruta francesa.

El pasado fin de semana se disputó L’Étape du Tour, una marcha cicloturistas que reúne a miles y miles de corredores, llegados de todas partes del planeta (la foto que ilustra esta entrada muestra el aparcamiento de bicis de la prueba) que se congratulan de realizar año a año la etapa reina de cada edición; este 2019, reservada a la ascensión a Val Thorens, el sábado, que cierra el capítulo montañoso de la prueba y la deja solo pendiente del paseo final por los Campos Elíseos de París.

El turismo, en la zona, se mueve al compás de los pedales de los cicloturistas. Hay agencias especializadas y viejas glorias que se sacan un sueldo extra acompañando a los aventureros, aconsejándolos cómo afrontar las cuestas mientras cuentan alguna batallita. No es un turismo, ni mucho menos, de mochila y tienda de campaña. Se mueve entre los lujosos hoteles alpinos que utilizan los esquiadores en invierno. Suben acompañados de furgonetas que les ofrecen avituallamiento en la cima y les reparten botellines mientras pedalean y, sobre todo, los socorren, convirtiéndose en coche escoba, por si fallan las fuerzas a mitad de subida.

Durante el Tour, en una moda que comenzó en época de Lance Armstrong, con ciclistas estadounidenses atraídos por la fama del corredor tejano, se organizan viajes con cicloturistas llegados de Estados Unidos pero también de Australia y de otras partes del planeta que circulan por los puertos de la ruta del Tour un día antes de que pasen los corredores. Y así año a año… Tour a Tour.

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