Tardes de espectáculo

 

Los aficionados esperan que se abra la base militar de Aitana para acceder a la meta de la penúltima etapa.Me vais a permitir que una vez más salga en defensa de los llamados muros de la Vuelta. No ocasionan nunca un terremoto en la general, pues la clasificación –como sucedió el año pasado– y como ha pasado ahora, se desatasca y resuelve en jornadas de las que podríamos considerar como de trazado clásico: puertos encadenados o la contrarreloj que, bajo ninguna circunstancia, puede ser excluida en una carrera como la ronda española, la francesa o la italiana.

Los ciclistas, a los que desde este blog siempre trato con respeto, en ocasiones se equivocan y se expresan de forma incorrecta. Y en esta Vuelta creo que por lo menos tres veces han faltado el respeto al espectador. No fue de recibo que en la etapa de Urdax, el día antes del Aubisque, cuando el pelotón principal decidió tomarse un día extra de descanso, algunos corredores, a más de media hora del ganador, entraran riendo, como si estuvieran de cachondeo, a ritmo cicloturista. Eso no se puede permitir. Y los equipos deberían tomar nota.

Tampoco que 91 ciclistas, el día de Formigal, la jornada de la fantástica locura de Alberto Contador secundada por Nairo Quintana, se tomaran la jornada como si fuera un paseo por los Pirineos, a un ritmo inferior al que pondrían, incluso, en un entrenamiento de cierta intensidad. Hubo ciclistas que reñían a los compañeros que querían ir más rápidos para no entrar fuera de control. Fue una desconsideración hacia el deporte, el ciclismo, la Vuelta, los patrocinadores que les pagan, y en muchos casos muy bien, y los propios ciclistas que se esforzaron, en grupos anteriores, para llegar con el tiempo permitido. La Unión Ciclista Internacional (UCI) debe reconsiderar estas situaciones y, si es necesario, imponer un reglamento claro y preciso para que casos como este no vuelvan a suceder.

El jurado internacional los perdonó porque entendieron que una carrera de gran nivel como la Vuelta no podía afrontar la tercera semana de competición con un pelotón que apenas llegaba a las 75 unidades. Pero, a la vez, no es de recibo que ciclistas que deberían haber sido descalificado luego ganasen etapas y privasen de celebrar el triunfo a los compañeros que se esforzaron en Formigal. Luis Ángel Maté, por ejemplo, corredor del Cofidis, fue de los más críticos, como Chris Froome que se mostró a favor de que los hubieran expulsado a todos.

Y que un ciclista como David López, gregario de Froome en el Sky, luego se quejase contra los muros de la Vuelta diciendo que el pelotón estaba harto tras la etapa del Mas de la Costa, tampoco es aceptable cuando tres días antes también había entrado fuera de control.

Los muros son la marca de la casa de una Vuelta que gracias a este tipo de etapas ha reencontrado su posición, ha vuelto a disponer del cariño de un público que había empezado a desestimar la ronda española, y con estos muros, sabiendo cómo son, las grandes figuras que, ni locas acudían a la Vuelta después del Tour, no solo se han apuntado a la carrera, si no que han luchado por ganarla. Y Froome vuelve a ser el espejo en el que deberían reflejarse algunos de los que se quejan, como su compañero López.

Mañana la Vuelta llega a Madrid y lo triste será que el lunes ya no habrá tardes de espectáculo, ni muros en el horizonte; muros, por cierto, que también copia el Tour, la Vuelta y la práctica totalidad de las carreras de una semana que se disputan a lo largo de la temporada. Por algo será.