Si hoy es sábado, esto es Marsella

Marsella

Marsella es una ciudad curiosa, un mundo aparte en el universo de Francia. Puedes estar cenando tranquilamente en una terraza del Viejo Puerto, la zona más turística, y de pronto ver aparecer dos niños, niña y niña, de menos de 10 años, vendiendo banderitas y rosas, e incomprensiblemente, la gente comprándosela, los responsables de los restaurantes haciendo la vista gorda, y la policía (Marsella, como era de esperar, está tomada por las fuerzas públicas con motivo del Tour) también mirando para otro lado y mucho menos sin fijarse en la supuesta madre de los chavales, escondida detrás de una columna y recogiendo las ganancias de los niños, o hasta ofreciendo cambio a un matrimonio colombiano que se ha apiadado de los menores.

Marsella es también la ciudad que este sábado se ha convertido en árbitro del Tour, con paradas de metro cerradas por cuestiones de seguridad y con los camiones de la recogida de basuras atravesados en la calzada en todas las calles que dan acceso al circuito vallado para evitar que a algún loco se le crucen los cables. Por Marsella circulan los corredores de la ronda francesa en una contrarreloj de 22 kilómetros que debe acabar de determinar quién llegará de amarillo a París porque la última etapa, como suele ser costumbre, solo sirve como paseo de los campeones, con una tregua que solo se rompe en las dos últimas vueltas para que alguno de los esprínters supervivientes pueda levantar los brazos y beber también la gloria del podio, con el Arco del Triunfo a la espalda y la mirada de frente enfocada hacia la plaza de la Concordia.

A la hora de escribir esta entrada el estadio Velódrome todavía no se ha llenado porque la gente prefiere pasear por los alrededores o situarse en la calle, junto a las vallas, para sentir más de cerca el calor de los corredores que sentado en una localidad de un estadio de fútbol. Sin embargo, la organización asegura que se han repartido, de forma gratuita, las 50.000 localidades del campo de fútbol donde juega habitualmente el Olympique de Marsella. Se creó una web y allí tenía que apuntarse la gente para reservar las entradas que luego se recogían en los puntos de entrega situados alrededor del estadio.

Contrariamente, por las calles, a las 10 de la mañana ya había gente distribuida en los lugares más estratégicos, por ejemplo en la curva de 180 grados, en uno de los extremos del viejo puerto, cerca del lugar donde los niños trabajaban de noche, que sirve a los ciclistas para regresar por el mismo lugar por donde se llegaba a la zona turística de Marsella. Allí, en la curva, los corredores están obligados a frenar y se les identifica mejor. Fue la razón, por ejemplo, a que hubiera tanto público en el giro de Düsseldorf donde se accidentó Alejandro Valverde en el primer día de competición. Nunca volvió a ser lo mismo en el seno del conjunto del Movistar sin el concurso de su estrella murciana.

Marsella acaba de definir el podio con un estadio de fútbol desde donde parten y llegan los corredores. Solo falta que por la noche los niños no sigan trabajando. Es una pésima imagen para una ciudad que este año presume de ser la capital europea del deporte.

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