Roglic, Induráin y el chaval de la gorra

Roglic reducido

Hubo una ocasión en la que un chaval de Barcelona, con 10 o 12 años, se acercó a Miguel Induráin. Corría la Volta, una de las que ganó. Era una época distinta a la actual. No había autobuses donde los ciclistas se refugian, se sumergen en el mundo de internet y apenas salen. Solo lo hacen para acudir a la obligada firma en el podio de partida. Induráin, como todos a inicios de los años 90, se sentaba en el capó o en el interior del coche del equipo. Si acaso ya empezaban a circular pequeñas autocaravanas. Pero dentro no había espacio para ocho o nueve corredores, más auxiliares y directores.

El chico se aproximó con una gorra del Banesto. Lo hizo con timidez, asustado, porque tenía enfrente suyo al ídolo, con el que dormía porque su habitación estaba llena de pósters suyos. Le temblaban las piernas, como le sucedería ahora a un chico de su edad que buscase un ‘selfie’ con Messi o Rafael Nadal, o incluso, si se apura un poco, con Chris Froome. Estaba nervioso e Induráin no solo lo calmó, sino que le firmó la gorrita y le dedicó una sonrisa. Y hasta, Andrés, el padre, que lo acompañaba, pudo hacerle una foto, en una época en la que se tenía que ser habilidoso y no errar el disparo porque las máquinas iban con carretes, que luego se debían revelar.

El chaval creció y un día le escribió una correo electrónico -mientras él se hacía mayor el mundo avanzaba informáticamente- a Jean-Marie Leblanc, por aquel entonces, director general del Tour. Que le hacía mucha ilusión acudir a la Grande Boucle y ver el inicio de la prueba en vivo y en directo. Leblanc, que no estaba acostumbrado a recibir este tipo de mensajes, le envió un pase VIP para que el muchacho, Carlos Tigero, se pudiera mover libremente por las entrañas del monstruo que la ronda francesa había montado en la gran salida de Luxemburgo. Con los años, Tigero se convirtió en biógrafo de Induráin para escribir hace unos meses un libro sensacional que se titula ‘La estela de Miguel’.

Pero, ¿que habría pasado si Induráin no le hubiera firmado aquella gorra? Induráin fue y sigue siendo un magnífico campeón. Pero no se ha ganado el puesto solo al convertirse en el más rápido de las contrarrelojes y el más resistente en la montaña, tal cual Roglic ha hecho en esta Vuelta que ganará hoy domingo porque, sencillamente, ha sido el mejor. Si Induráin no hubiese firmado esa gorra, aquel niño habría llorado, se hubiese llevado la desilusión de su vida y seguramente nunca le habría escrito un libro ni se habría movido por media Europa para correr a su lado, o lo más cerca posible, cuando se entera que Miguel se ha apuntado a una marcha cicloturista.

Un campeón no solo se forja en la carretera. Nadal, ya que sale nombrado en este artículo, se desvive por firmar pelotas de tenis y nunca tiene un no para el público. Tampoco bosteza en las conferencias de prensa, ni impone un cupo de preguntas. Y, sobre todo, atiende con educación e interés para contar cosas más o menos curiosas.

El ciclismo siempre ha sido un deporte mágico porque permite como ningún otro, y encima de forma gratuita, acercar la figura al espectador. Roglic, como antes Induráin, puede pasar por delante de tu casa, por tu pueblo o ciudad. Y, encima, el mismo día se puede ascender en bicicleta por el puerto donde se librará el combate de la carrera, sin la necesidad de descender luego como un loco jugándose la vida por carretera abierta. A Nadal, si lo quieres ver en acción, te debes desplazar a las gradas de la pista de tenis y pagar una entrada. Y sucede igual con cualquier otra figura de la especialidad que sea. Y, en esa magia, deben colaborar todos, los artistas y los espectadores. No vale con estar todo el día encerrado en el autobús y huír de la zona de meta como si molestase toda la gente allí reunida. ¿El deportista tiene derecho al descanso? Por supuesto. Y es básico. Pero cuando uno es la principal figura del espectáculo debe pagar un peaje, que se llama comunicación.

A Ángel Madrazo, hasta esta Vuelta, nadie le había pedido un autógrafo y jamás, hasta su victoria en Javalambre, se había sentado en la mesa de la conferencia de prensa. No se pide al protagonista que se pase media hora hablando y creando un monólogo digno de un escenario teatral, tal como hizo Madrazo. Pero sí, en cambio, una muestra de alegría, un mínimo interés y, sobre todo, un respeto, porque la prensa, a su manera, con aciertos y errores, cuenta cosas, da noticias y todos los campeones nunca habrían sido esos héroes que entusiasmaban a chavales como Carlos hace casi 30 años sino hubiesen leído o escuchado en la radio o en la televisión, la narración de sus gestas.

Roglic es uno de los mejores corredores contemporáneos y ha sido un honor para la Vuelta que haya conseguido la victoria. Es un aspirante al Tour y posiblemente, de no haberse caído en el Giro, el guion de la ronda italiana de este año habría sido distinto en un 2019 donde ha ganado cuantas carreras ha corrido a excepción de la prueba italiana. Ha obrado con inteligencia en cada una de las etapas. Ha sido listo al saber que al único que debía controlar era al gran Alejandro Valverde y, encima, ha superado con habilidad todas las encerronas, más o menos polémicas, con las que se ha encontrado en esta tercera semana de carrera.

Jamás de los jamases se le discutirá su soberbio triunfo en la Vuelta y ojalá vuelva el año que viene, gane o pierda. Es un gran campeón en la carretera. Pero fuera de ella deja mucho que desear. Así de triste. Porque el mundo del deporte está lleno de figuras, demasiadas, que nunca atienden como deberían hacerlo, pero mayoritariamente, al menos, son educadas, que es lo mínimo que se puede exigir, sobre todo pensando en los niños que quieren gorras firmadas como Carlos, en el ejemplo de este escrito.