Rigo Urán y el pueblo argelino

Uran recortado

La vida puede resultar maravillosa -si eres corredor- y la dicha, unido al reparto realizado por el servicio de hospedería oficial del Tour, te ha regalado, como por arte de magia, un hotel situado a apenas 100 metros de la zona acotada de salida. Todo se vuelve de color de rosa, parecido a los tonos que exhibes en el ‘maillot’ de tu equipo, si además la fortuna, como si fuera la lotería, te ha agraciado con esa habitación en un día con una etapa de corto kilometraje, lo que no es sinónimo de menor dureza, que supone poder dormir a pierna suelta al menos hasta las 9 de la mañana, desayunar luego con mayor tranquilidad y hasta poder estirarte, tras el ágape, unos minutos en la cama para conectarte un rato a internet mientras descansas un poco más y te aíslas del ruido que te espera horas más tarde subiendo el Tourmalet.

Hasta aquí todo perfecto, todo ideal para que un corredor como Rigo Urán pudiera sentir la llamada nocturna de la tranquilidad, uno de los corredores que salió de la contrarreloj con notable alto, el mismo ciclista colombiano que en el 2017 acompañó a Chris Froome en el podio de los Campos Elíseos, en la segunda plaza de la general.

Además, se puede dar otra circunstancia común en la mayoría de ciclistas. Cuando corren el Tour su universo se concentra en la carrera, en el descanso en el hotel y externamente solo están para atender a la familia y la obligación de responder a las preguntas de los periodistas, normalmente exclusivamente dirigidas a cuestiones deportivas de la prueba. No saben lo que ocurre más allá de las fronteras del Tour, a no ser que haya un escándalo mayúsculo en el país de origen. Nada más. Y, además, es bastante común entre los ciclistas profesionales el desinterés hacia el fútbol y todo lo que lo rodea.

Por eso, ni Urán, ni siquiera nadie en su séquito en el Education First, conjunto de capital estadounidense que lidera, tenía ni la más remota idea de que muy lejos de Tarbes, donde sucede la historia, se disputaba la final de la Copa de África de Naciones entre las selecciones de Argelia y Senegal en El Cairo. Y si alguien se había enterado en el equipo, casi de casualidad, simplemente debió pensar que jugándose en Egipto y entre dos países alejados del ajetreo del Tour y sin representantes en la carrera, ni por asombro iba a tener repercusión en la carrera.

Tampoco nadie cayó en el detalle de que Francia acoge una extensa colonia de personas nacidas u originarias de Argelia, por ejemplo, el corredor del Cofidis, ausente este año de la prueba, Nacer Bouhanni. Y que, Tarbes, como tantas y tantas ciudades franceses, reúne a una amplísima representación de ciudadanos de este país del norte de África.

¿Y qué pasó? Pues, muy sencillo. La colonia argelina de Tarbes se lanzó a la calle con sus banderas y coches. Tomaron el centro de la ciudad, donde estaba el hotel de Urán, un establecimiento con ventanas que daban al exterior, abiertas para que penetrara el aire y refrescase las habitaciones con el aire fresco de los Pirineos. En la calle, todos muy felices por la victoria y por haberse impuesto en la final africana. Bocinas, gritos, saltos, un placer que casi igualó al que se produjo en Pau con la victoria de Julian Alaphilippe en la contrarreloj de la ronda francesa.

Pero ya eran las 12 de la noche, la hora escogida para entrar en el primero de los sueños y para sumergirse ya con los ojos cerrado en el interior de la cama para disfrutar del descanso. Y en la calle un ajetreo revolucionario, festejos por todas partes. ¿Quién iba a pensar en la Copa de Africa en el corazón de los Pirineos? ¿Quién podía imaginar que durante horas los coches de los felices vecinos argelinos pasarían una y otra vez por delante del hotel hasta dejar afónicas a las bocinas?

Sucedió una cosa parecida hace tres años en Andorra la Vella, donde el Tour descansaba tras afrontar el paso por los Pirineos. Y quiso ese día que la dicha futbolística proclamase a la selección portuguesa como campeona de la Eurocopa con una colonia superior a las 15.000 personas viviendo en el pequeño principado. Las calles tomadas y los ciclistas durmiendo en los hoteles.

Son tantos los pequeños detalles que pueden alterar la vida del Tour que nadie iba a pensar que la gloria alcanzada en El Cairo podía convertir a Tarbes en un pequeño Argel.

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