Profesor Cyrille Guimard

Guimard

Por la pasarela del Tour no solo desfilan los ciclistas del presente. También es un escenario por el que pasan quienes fueron protagonistas del pasado. Un día puedes pasear por la zona técnica que rodea la meta y allí, de repente, te cruzas con Sean Kelly. O puedes ver subido a una moto nada menos que a sir Brad Wiggins, o a Alberto Contador saludando a quienes no hace mucho todavía eran sus compañeros de pelotón. ¿Se acuerdan de Eric Caritoux, que ganó una Vuelta a España? Pues lleva años colaborando con una de las empresas patrocinadoras de la carrera. Otros días puedes ver a Charly Mottet, a Raymond Poulidor vestido de amarillo, a Laurent Jalabert antes de situarse en el estudio de la televisión francesa, a Thomas Voeckler informando en directo para los telespectadores franceses desde la motocicleta televisiva y, en el podio, todos los días, a Bernard Thévenet, que por algo es la principal imagen como relaciones públicas de la carrera.

Hasta hace un par de años Stephen Roche no se había perdido un Tour, pero lleva un tiempo desaparecido porque al parecer fue mejor ciclista que gestor de cuentas. Pero, si hay un personaje que destaca por su historia, este no puede ser otro que Cyrille Guimard, una especie de profesor ciclista que colabora con Radio Montecarlo y a quien una noche, paseando junto a las famosas Arenas de Nîmes, puedes encontrarte para recordar las gestas de quien fue uno de los grandes rivales de Eddy Merckx y, sobre todo, uno de los grandes directores deportivos de todos los tiempos.

Con ustedes… el profesor Cyrille Guimard, historia viva, el que había sido un gran ciclista, que si una vez levantó el pie, no fue porque se sintiera más frágil y menos poderoso que sus rivales, qué va, si no porque la rodilla no obedeció la señal que le enviaba el cerebro. Guimard, en los 70, llegó a ser una gran estrella del deporte francés. Más bien menudo, con su sonrisa, con su genio cuando era necesario, cara casi siempre de buenos amigos, pero a la vez tirano y exigente, en ocasiones consigo mismo, siendo corredor, y sobre todo con los ciclistas que aconsejó a lo largo de una carrera técnica que superó –y era difícil—el palmarés conseguido como corredor. Lo contemplaban nada más ni nada menos que 94 victorias entre los años 1968 y 1976.

Guimard fue algo así como la esperanza joven para el público francés, el que se sometía, como el pueblo ante el dictador, a la tiranía de Eddy Merckx, ‘El Caníbal’ de hambre voraz.  Porque en los 70 Francia amaba a Poulidor, pero era el amor hacia el hijo que ya se había hecho mayor, que podía luchar por el podio del Parque de los Príncipes de París, quizás hasta ganar una etapa, pero todos sabían que si Poulidor nunca había podido con Jacques Anquetil ni por asombro tumbaría a Merckx. Pero Guimard era otra cosa, era savia nueva, quizá le faltaba poderío en la montaña, pero en una llegada, ¡caray en una llegada! allí muy pocos podían derrotarlo. Y porque se vistió de amarillo en 1972 a las primeras de cambio y se atrevió a tutear a Merckx. Los franceses creían, que después de tres victorias consecutivas del belga, uno de los suyos, Guimard, sería capaz de apartarlo de la primera plaza del podio parisino.

Fue el que consiguió siete victorias de etapa en el Tour y el que cayó noqueado ante Merckx porque se le inflamó la rodilla. Por eso, se esfumó el sueño de la victoria, del corredor casado con una de las estrellas de los años 70 de la canción francesa, Annie Philippe; él divo sobre la bici y ella en el escenario. Todo perfecto. Todo preparado, nada más retirarse, para iniciar una increíble carrera como director deportivo. Llegar, ver y vencer, en el Tour de 1976 con Lucien Van Impe, la última vez que un belga apareció vestido de amarillo por París, la señal para convertirse después en el técnico de Bernard Hinault, hasta el divorcio entre ambos, pero con un matrimonio, Hinault sobre la bici y Guimard dirigiéndolo desde el coche, capaz de conseguir cuatro Tours, dos Vueltas y dos Giros.

Guimard fue el mismo que dirigió a Hinault en la batalla por la Vuelta de 1983, por Serranillos, en la provincia de Ávila, allí donde un joven vizcaíno que iba de líder, Julián Gorospe, que se había atrevido a llevar la prenda amarilla por la que Hinault había viajado a España, cayó fulminado entre los rayos que lanzaba la bici del astro bretón. Pero del esfuerzo a Hinault, como le había ocurrido a Guimard 11 años antes, se le inflamó la rodilla, que lo apartó del Tour. Y allí fue donde empezó el idilio entre Guimard y un joven rebelde de París que se llamaba Laurent Fignon. Guimard, entre el viejo Hinault y el joven Fignon, se decantó por el segundo. Y con Fignon volvió a ganar dos Tours, que pudieron ser tres si no pierde sobre los adoquines de los Campos Elíseos el Tour de 1989, en el último suspiro, en la última contrarreloj –nunca jamás se volvió a organizar una etapa cronometrada el último día, en París—ante Greg Lemond. Fue también el Guimard al que se encomendó Cofidis en 1996 para fundar su equipo y el que lleva años dando sus opiniones por radio y convencido de que si él no hubiera existido el ciclismo ahora sería diferente. Y con quien merece la pena darse un abrazo en plena noche de Nîmes.

(nota: las referencias biográficas de Guimard vertidas en este texto son un resumen de las publicadas en el libro ‘Cuentos del equipo Cofidis’ del propio autor).

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