Jamás me han gustado las jornadas de descanso en las grandes vueltas. Sé que son necesarias para los ciclistas, incluso diría que imprescindibles. Pero rompen la dinámica y normalmente no tienen término medio: o son días aburridos o agotadores en los que, muchas veces a falta de noticias, todo se hincha como un globo que recorre los cielos en plan festivo.
Hoy parecía que podía ser un día de descanso que miraba hacia el futuro y no hacia el pasado. Cuando comencé a recorrer Francia con el Tour, allá por el año 1991, primero de los cinco victoriosos de Miguel Induráin, el día de reposo se programaba entorno a la figura navarra. Lo que hacía, lo que decía, lo que descansaba, lo que entrenaba, lo que comía, lo que dormía. No era necesario desplazarse a otro hotel que no fuera el del conjunto Banesto. Allí, normalmente, coincidiendo con los festejos de San Fermín, los amigos de José Miguel Echávarri, por aquellos tiempos el director deportivo de la escuadra bancaria, llegaban desde Pamplona con un rabo de buey, cocinado a la Navarra, que más que de buey era un de un toro de los que habían corrido por la calle de la Estafeta.
Luego ya hubo que repartirse más, que si Jan Ullrich, que si Abraham Olano, que si Fernando Escartín… Porque antes de que Lance Armstrong comenzara su imperio, ahora cuestionado, hubo un año que muchos querrían que no hubiese existido. 1998. El caso Festina, la ronda francesa que corrió bajo el influjo del dopaje. Lo cierto es que aquel año no fue necesario esperar a la jornada de descanso para que hubiera detenciones o descalabros, aunque la principal, el interrogatorio a los ciclistas del Festina en una comisaría de Lyón, se produjo en una infernal jornada de descanso que la mayoría de enviados especiales pasábamos en Andorra con muchos equipos durmiendo en el Pas dela Casa. No solo fue en Lyón donde hubo lío, en Tarascon, al lado de Foix, también actuó la gendarmería. Un caos generalizado, parecía que la prueba no iba a reanudarse, porque a la siguiente etapa hubo plante de corredores, todos sentados en el suelo, con las bicis caídas. Menudo Tour. Para olvidar.
Pero no fue peor la jornada de descanso de Pau en el 2007. Tuve la suerte de compartir hotel en la ciudad pirenaica con el equipo Discovery Channel, con Alberto Contador, que en aquella ocasión era el segundo clasificado de la general, con Rasmussen de líder. Parecía un día plácido, sin sobresaltos, recuerdo que ante la falta de espacio y de noticias decidí por primera vez y en muchos años tumbarme en la cama y echarme una siesta pero antes de hacerlo enchufé el ordenador, descargué la página del diario L’Équipe y no me creía lo que leía: “Positivo de Vinokurov”. ¡La que se organizó! Más que un día de descanso, fue un día de espanto. En aquella ocasión la gendarmería sí puso patas arriba el hotel del Astana, el establecimiento que esta tarde las a veces malditas redes sociales nos han hecho creer que también vivía el acecho policial. Y hasta nos lo hemos creído porque la fuente que lo divulgaba era creíble, una de las más importantes cadena radiofónicas. Y hasta nos hemos hecho eco de la misma información dando veracidad al mensajero, del que no se dudaba su credibilidad. Luego en el hotel del Astana solo había el cabreo del director del equipo, un conjunto que, precisamente en este Tour, con una actuación discreta, no levantaba las masas informativas.
Todo tenía su lógica porque lo que sí era cierto y auténtico, la detención del ciclista francés Rémy di Gregorio, por una investigación policial por presunto tráfico de sustancias dopantes (que palabra más desagradable), ciclista que hace un año corría en el Astana, equipo del que se fue por una de las circunstancias más habituales: otro le daba más dinero. Pero lo que no cabe duda es que el señor Di Gregorio ha organizado un mediano seísmo, ha recuperado los fantasmas del pasado, ha provocado que el dopaje volviera a sobrevolar sobre el nido del Tour, ha atizado en la cara de sus compañeros, “otra vez los ciclistas, otro tramposo”, y hasta ha provocado que los que no se fijan demasiado en el desarrollo deportivo de esta ronda francesa lo hagan ahora, por aquello de que solo Haimar Zubeldia (en la foto, esta mañana atendiendo a los periodistas que lo hemos ido a visitar) levanta de momento la antorcha del ciclismo español, ante un Alejandro Valverde que parece recuperarse de las heridas de combate y de un Samuel Sánchez, fracturado y tratando de habilitar sus huesos para los Juegos Olímpicos. Por todo lo expuesto aquí reitero que no me gustan las jornadas de descanso en las grandes vueltas, y menos en el Tour.


