Pau, la capital mundial del ciclismo

Alaphilippe reducida

Decía Salvador Dalí, al que le encantaba el ciclismo, que Perpinyà era el centro del mundo. El genial pintor ampurdanés no era muy dado a moverse en verano y posiblemente por ello prefería seguir el Tour en su casa de Portlligat que desplazarse a Pau, porque de lo contrario habría bautizado a la capital de Aquitania como el centro del universo ciclista. Si no tenían bastante con la ronda francesa ahora también reciben a la Vuelta, que vivirá este martes la celebración de la única contrarreloj individual de la prueba. Curiosamente, en julio, la ciudad celebró la ‘crono’ del Tour, ganada sorprendentemente (en la foto) por Julian Alaphilippe.

A Dalí le habría gustado saber que Pau tiene un colorido especial cuando se habla de ciclismo; para lo bueno y desgraciadamente para lo malo. Los enviados especiales al Tour –no a la Vuelta- temían estos últimos años la estancia obligada en esta ciudad, que prácticamente cada año visita la carrera francesa, bien como cita de la competición o como ciudad dormitorio de los equipos y la organización debido a la cercanía de la villa con los enclaves más famosos de los Pirineos.

Sin embargo, se temía porque siempre pasaba algo. En 1991, en la primera presencia de este cronista al Tour, tras la jornada de descanso, se vivió una protesta de corredores porque uno de los participantes, el suizo Urs Zimmermann tenía pánico al avión. La ronda francesa había volado desde el norte Atlántico a Pau y era obligatorio que todos los participantes se subieran a una de las naves fletadas por la organización. Zimmermann, en cambio, se trasladó en uno de los coches de su equipo. Al incumplir la norma fue expulsado de la carrera. Sus compañeros de pelotón consideraron que la medida era injusta, así que hicieron una huelga de bicis caídas. O lo admitían, como así ocurrió, o no tomaban la salida.

En los últimos años de la batalla contra el dopaje, Pau vivió algunos de los capítulos más negros de la carrera. Se recuerda la horrible visita a la ciudad en el 2007. Para empezar, cuando los ciclistas se disponían a entrar en modo siesta, saltó la noticia. Alexander Vinokurov había dado positivo. Al parecer, se había equivocado de bolsa de sangre –qué horror- cuando fue a realizar una transfusión ilegal y se colocó la de un compañero. Huyó del Tour y su equipo fue expulsado con decenas y decenas de periodistas plantados en la puerta del hotel del conjunto Astana.

Era el Tour que dominaba Michael Rasmussen con Alberto Contador pisándole los talones. El ciclista danés llevaba toda la prueba corriendo con la sospecha de haber engañado en un control antidopaje por decir que estaba en un lugar distinto al que se encontraba preparando la carrera unos meses antes. La presión al Rabobank, su equipo, fue tan intensa que al conjunto holandés no le quedó otro remedio que expulsarlo del Tour con el jersey amarillo y con la carrera sentenciada tras derrotar a Contador en la subida del Aubisque. Huyó por la cocina del hotel de Pau donde pernoctaba, minutos antes de que otra vez decenas y decenas de periodistas, con conexiones televisivas en directo, ya de noche, rodeasen el establecimiento.

Fue también la ciudad de la que Frank Schleck tuvo que salir por piernas en otra jornada de reposo del Tour con la sospecha del dopaje sobre las espaldas de un ciclista, en el 2012, y de nuevo en Pau.

La ciudad es encantadora, con sus terrazas, situadas como si se encontraran en un paseo marítimo, mirando a los Pirineos, en la parte más alta de la localidad; su casco viejo es maravilloso, con el sabor a Béarn, el antiguo estado del que era capital y con la etiqueta de tener las más bellas imágenes de las montañas en todo el mundo, como decía el poeta del siglo XIX Alphonse de Lamartine, lo que sin duda habría encantado a Dalí, el mismo que decía que cuando los ciclistas del Tour llegaban a París se acababa el verano. Y el mismo que habría disfrutando viendo este martes por televisión la contrarreloj de la Vuelta.