Marc Soler, el alma de la Vuelta

Soler

Hay una imagen de Marc Soler que nunca se le olvidará a este cronista. Corría el mes de septiembre del 2014 y se disputaba el Mundial de Ponferrada, el que ganó en categoría profesional el polaco Michal Kwiatkowski. Soler era una promesa del equipo español sub 23 que compartía el mismo hotel de los profesionales liderados, ayer, hoy y casi siempre por Alejandro Valverde. Soler había sido seleccionado por su monumental papel conseguido en las carreras de formación y ya había firmado el contrato que lo comprometía con el Movistar.

Mientras se hablaba con él, mientras contaba, con mucha timidez, los sueños que albergaba como futuro corredor profesional pasó cerca Valverde que se dirigía a los autocares-taller de la selección española por una consulta mecánica. Este cronista se disponía a fotografiar a Soler para ilustrar el reportaje que se preparaba. “Espera se lo decimos a Valverde, que se ponga a tu lado”. Soler imploraba al periodista que hiciera la gestión. “Es que él es una estrella y a mí me da respeto”. En resumidas cuentas; le daba vergüenza. “Alejandro, el chaval… que dice que le impones respeto”. Mientras Valverde se dirigía hacia la posición de Soler para hacerse la foto comentaba en privado: “Respeto, jeje, esta noche le doy una colleja”.

Iba a entrar, por aquel entonces, Soler, con 21 años, en su particular centro de enseñanza Movistar, siempre de la mano de Àngel Edo, su mánager y una de las personas de mayor confianza en el entorno del corredor catalán. Vivía con su familia en Vilanova i la Geltrú, tierra de ciclistas, del histórico Celestino Prieto y también del llorado Isaac Gálvez. Sin prisas, sin la obligación de tener que mostrar resultados, comenzó a crecer en el conjunto español para ganarse enseguida la admiración de Valverde. Ya no era época de exponer el respeto, el que siempre le ha tenido al campeón del mundo, pero sí hacerlo en el marco del corredor veterano y el que crece para intentar ocupar algún día el hueco del jersey aroíris, tan difícil, prácticamente imposible, el día que cuelgue la bicicleta. Pero ya en su primera temporada en el Movistar se fue a disputar el Tour del Porvenir y lo ganó.

Le llegó la explosión en el 2017. Y lo hizo sobre la ruta de la Volta, que acabó en tercera posición. Ahí es poco. Fue tercero por detrás de Valverde y de Alberto Contador. Fue el año de su debut en la Vuelta, en un equipo de circunstancia y plagado de chavales que montó el Movistar al perder al campeón del mundo a causa de la gravísima caída que sufrió en Düsseldorf durante la contrarreloj inaugural del Tour. Soler fue el más destacado de los ciclistas del Movistar en la ronda española de aquel año. Buscó fugas muchas veces imposible y fue protagonista de una imagen para la posteridad en el Angliru. Escapado, por delante de Contador, y junto a Enric Mas, los dos jóvenes más provechosos del pelotón español y compañeros el año que viene, fueron los últimos que alcanzó el corredor pinteño. Hubo un instante que el trío lideraba la etapa asturiana. Fue como si Contador entregase el relevo a Soler y Mas.

Luego llegó su gran presentación internacional, al ganar, gracias a una fuga de la que también participó Contador, la París-Niza del 2018 que precedió a su debut en el Tour donde ya dio pedaladas de calidad sobre todo en los Alpes. Y este año, otra vez en la ronda francesa, demostró que tenía suficiente chispa para llegar perfecto y fresco a la última semana de competición. Luchó por conseguir la victoria en la penúlltima etapa, en Val Thorens, en la victoria de Vincenzo Nibali.

Allí se ganó plaza para esta Vuelta, donde se disponía a partir por primera vez con galones en una carrera de tres semanas. Pero enseguida se le torcieron las cosas en la segunda etapa. Mientras atacaba Valverde, mientras Quintana se preparaba para ganar en Calp, él entró en una crisis brutal, tan exagerada, que perdió más de nueve minutos y cualquier ilusión por destacar en la general.

Debía volver a concienciarse para ser un gregario de lujo, el más fuerte, lo más cerca posible del profesor Valverde. Pero también tenía la promesa de ganar una etapa, la de Andorra, donde de forma discutible le obligaron a pararse para ayudar a Quintana que había atacado cuando era cabeza de carrera y trataba de ganar en Els Cortals d’Encamp. Allí protagonizó una serie de gestos que nunca debió realizar, pero lejos de abrir una crisis en el Movistar le hizo comprender que hasta el final de la carrera debía ser algo así como el alma del Movistar y por qué no de la Vuelta. Prueba de que no entró en crisis fue su magnífica contrarreloj en Pau.

Y, poco a poco, ayudando a Valverde, como hizo cuando el campeón del mundo atacó en El Acebo, con Soler destacado en la fuga, fue ganando, sin buscarlo, posiciones en una general de la ronda española que puede terminar entre los 10 primeros. Pero sobre todo convencer y dejar claro que es un ciclista de raza, el que aparece en la fotografía tomada este jueves en la salida de Colmenar, capaz de los mejores retos. Lo sucedido en Alicante no ha sido otra cosa que el último examen con mala nota, porque ahora ya sabe que cuando entra una pájara hay que apretar el culo (así de claro) en el sillín saber sufrir y no volverse a dejar nunca más nueve minutos cuando se pretende pelear por la general, que será la del Tour en el próximo curso ciclista.