Lourdes, la ciudad de los milagros

 

Lourdes

El Tour, aparte de bicis y competición deportiva, ciclistas y aficionados apostados al borde de la carretera, sirve para descubrir las diferentes culturas francesas, conocer el paisaje, la arquitectura y hasta la forma de ser de la ciudadanía, dependiendo de la zona por donde pase la carrera. Los paisajes bretones o normandos no se parecen en nada a los pirenaicos o a los del centro de Francia, incluso el acento es totalmente distinto, pues no es el mismo francés, por ejemplo, el que se habla en Lille o en Carcasona.

En Francia, con el paso del Tour, surgen localidades que en algún periodo de estos últimos años han sido ciudades de la cultura, de las artes, del deporte o de la gastronomía. Pero, Lourdes, ayer, hoy y siempre, es la ciudad de los milagros. De ahí ha partido este viernes la antepenúltima etapa del Tour 2018, el último encuentro de los corredores con los colosos de los Pirineos; Aspin, Tourmalet y Aubisque.

Lourdes es una ciudad muy pero que muy peculiar. Hay carriles en las calles adaptados para las sillas de rueda, que encuentran los huéspedes a su disposición en las recepciones de los hoteles. En las habitaciones, como si fuera una vuelta a muchos años atrás, cuelgan crucifijos sobre la cabecera de la cama y, aunque haya llegado el wifi y la televisión plana, no se olvida la razón principal de los visitantes que acuden a esta ciudad santa pirenaica.

El turismo religioso es la base de la economía de Lourdes, a pesar de que desde hace ya varios años, sobre todo en verano, no se olvida el reclamo que provoca la bici y se recuerda que, por sus alrededores, se alzan algunas de las montañas más importantes por las que suelen transitar los héroes del Tour, la más cercana la ruta hacia Hautacam, que también es una estación de esquí. Con la nieve y sus practicantes también convive Lourdes en la época invernal.

Una mañana de julio, antes de partir el Tour, el visitante se puede encontrar en Lourdes con imágenes curiosas, como la de un sacerdote, con una sotana de las de toda la vida, subiendo por una cuesta de la ciudad en bici como si fuera el mejor escalador de la ronda francesa. Los comercios de reliquias religiosas crecen y se multiplican por las calles adyacentes a la entrada principal a la gruta, donde este viernes se ha instalado el arco de salida de la 19ª etapa del Tour 2018.

En los comercios hay imágenes de vírgenes para todos los tamaños y economías, pero sobre todo los objetos más exhibidos son botellas de plástico y hasta garrafas para recoger el agua que sale del manantial de la gruta, allí donde la Virgen se le apareció a Bernardette, aunque su verdadero nombre en occitano era el de María Bernarda Sobirós, nacida en 1844 y fallecida en 1879. En 1858, Bernardette tuvo 18 apariciones de la virgen, que fueron acompañadas de milagros. Según Bernardette fue la Virgen quien le reveló el lugar por donde salía el agua, que ahora recogen muchas personas en busca de las bondades divinas, el agua se deposita en las botellitas que se venden en las tiendas de recuerdos. El agua es gratis y las botellitas más pequeñas se pueden adquirir por menos de un euro.

Este periodista recuerda en los años 90 a un ciclista español al que acompañó a la gruta, pues su abuela le había pedido que aprovechara el día de descanso de Lourdes para acercarse al manantial. El agua le daría suerte en el Tour y le protegería de una caída, que era lo que más le preocupaba a la abuela.

Lourdes ha cambiado poco o casi nada en los últimos 28 años de historia del Tour, desde la primera victoria de Induráin. Se han modernizado los hoteles pero la gastronomía, muy cuidada en la vecina Pau, no es el mayor reclamo de la ciudad de los milagros… los que este viernes necesitará algún corredor para dar la vuelta a la clasificación general del Tour.

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