Los niños, de la mano, por favor

Fran ventoso

Hay una imagen que jamás se le borrará de la memoria al autor de este blog. Sucedió en el Tour. El chavalín, que se encontraba en la carretera esperando la llegada de los corredores, trató de atravesar, sin mirar, sin nada. Un coche se lo llevó por delante. Unos minutos se paso por el lugar del accidente. Solo se le veían los pies y su abuelo, al lado, con la cara petrificada, sin saber, siquiera, reaccionar. Había visto morir a su nieto unos minutos antes, delante suyo. Lo que iba a ser un día de alegría, recogida de regalos de la caravana publicitaria, el entretenimiento de ver pasar a centenares de coches acreditados y, por supuesto, la llegada de los ciclistas, se convirtió en la peor de las tragedias.

Ocurrió hace un poco más de una década. Desde entonces, el Tour extremó al máximo las medidas de seguridad y concienció a los conductores de los coches acreditados al máximo, que no corriesen, que no pasasen de 80 kilómetros por hora en las rectas y que en los pueblos entrasen a 30 por hora. Pero las medidas no solo debían afectar a las personas acreditadas, sino al público, que los aficionados tomaran conciencia de que la seguridad al asistir como espectador a una prueba ciclista es cosa de todos; no solo de los organizadores.

Este sábado y el domingo la Vuelta recorre Catalunya y luego Andorra. Habrá, sobre todo el domingo, muchísima gente en los puertos, en lo que se espera sea una de las citas trascendentales en la presente edición de la ronda española. Por eso, no hay que cansarse en recordar a la gente que los niños deben ir de la mano, que no se les puede perder ni un instante de vista, que no hay que atravesar la carretera y mucho menos en los instantes previos a la llegada del pelotón o los fugados cuando pasan muchísimas motocicletas a alta velocidad.

Pero, además, en los puertos, hay la maldita costumbre de correr al lado de los ciclistas. Algunos creen que así se les anima. Pero así lo único que se hace es molestarlos y, encima, se pone en peligro a los perseguidores, a los que vienen por detrás, que pueden tropezar con el espectador y caer todos al suelo. Tampoco hay que olvidar que los protagonistas son los deportistas y no los espectadores. Desde hace unos años hay la manía de acudir disfrazados, a dar la nota, a avisar a amigos y familiares que con cualquier traje fuera de lo corriente saltando junto a los ciclistas saldrán por la tele y se harán famosos.

Luego están los perros. Si no es imprescindible, mejor dejarlos en casa. El animal no puede ir suelto, sino atado, y con el estruendo de la caravana publicitaria, de las motos, de los coches y de los gritos del público al paso del pelotón, lo único que hacen es asustarse. Y es entonces cuando sueltos pueden cruzar y provocar una caída. Ha habido en carreras como la Vuelta o el Tour algunas de muy graves por esta circunstancia.

La seguridad está en manos de todos. Tampoco hay que lanzar bengalas, prohibidísimas en los estados de fútbol, por citar un ejemplo. Puede parecer que dan colorido, pero es un error. El humo llega a los pulmones de los ciclistas, en pleno esfuerzo, y lógicamente es un tremendo fastidio para ellos. Hay que ser responsables para que la fiesta de la Vuelta sea lo más brillante posible, sin sustos y sin accidentes que, entre todos, se pueden evitar.