Los besos del Tour

 

Van Avermaet, instantes antes de recibir el beso de la azafata en el podio del Tour. Foto Marco Bertorello / AFP

‘Maître Jacques’ recibía los besos detrás del podio del Tour. Janine, luego su mujer, antes esposa de su médico, aguardaba a Jacques Anquetil mientras él exhibía sus éxitos al pueblo francés dejándose besar por las azafatas de la ronda francesa. Janine, en 1958, lo dejó todo por Anquetil, se divorció de su primer marido y se casó con el ídolo del ciclismo mundial. A la nueva casa familiar se llevó a sus dos hijos, Annie y Alain. Anquetil, obsesionado con que iba a morir joven, como así fue y según sucedía en su familia, quería tener un hijo a toda costa y Janine no se lo podía dar ya que después de su segundo parto se había hecho una ligadura de trompas.

Por ello, y viendo la atracción que Jacques sentía hacia su hijastra y ella le correspondía, Janine no se sorprendió mucho cuando cada noche descubría que su marido se levantaba y no compartía con ella la cama matrimonial. Fruto de las relaciones de Anquetil con su hijastra nació Sophie. Fue una relación consentida por Janine. Cuando Annie decidió independizarse y llevarse consigo a la niña, el hijo de Janine, Alain, ocupó plaza en el castillo normando de Anquetil. Ya estaba casado y su esposa se llamaba Dominique quien acabó cautivada por los encantos de su suegro adoptivo. Janine, cansada de las infidelidades, se divorció, así como su hijo Alain. Jacques y Dominique se casaron y tuvieron un hijo (Christopher), un año antes de que el ganador de cinco Tours muriese de cáncer, en 1987.

La sociedad machista que rodeaba el Tour en los años 60, en el que las mujeres, al margen de ser azafatas o cantantes, tenían prohibido acreditarse, por supuesto de periodista (en 1978 está constatada la primera alta de prensa a una mujer), solo permitió la presencia de Janine Anquetil, que aparte de ser la esposa que seguía a todas partes al marido, ejercía de relaciones públicas y agente del corredor. Quien quisiera el apoyo publicitario de ‘Maître Jacques’ debía hablar con Janine.

Los besos continuaron en el Tour de 1973, el de la gran victoria de Luis Ocaña. También fueron besos en la clandestinidad de la habitación donde todos los días, por expreso deseo del corredor ya vestido de amarillo, se colaba su mujer Josiane, la misma con la que se había casado un día de Nochebuena. El cura no quería oficiar la ceremonia porque el día antes de Navidad no era para casarse. Sin embargo, ante la amenaza del ciclista que o los casaba o se acostaban igual, el sacerdote cedió y ofició la misa.

Josiane entraba de escondidas, a espaldas del director del Bic, e incluso se las ingenió para conseguir una acreditación que no le correspondía. Hasta que fue descubierta, aunque el jersey amarillo del ciclista le permitó que la cosa no fuera a más.

Miguel Induráin corrió buena parte de sus Tours enamorado de Marisa, su mujer y madre de sus tres hijos. Marisa siempre fue muy discreta y cuando viajaba lo hacía con permiso y acompañada de los directores del Banesto, José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué, o del relaciones públicas de la escuadra, Francis Lafargue. En otras ocasiones iba con Sabino Padilla, el médico del conjunto bancario. En los años 90 ya era habitual que las mujeres o novias de los ciclistas los siguieran, a veces en caravanas y en otras ocasiones buscando un hotel cercano al del equipo. La jornada de descanso era un día de reposo familiar y hasta los niños correteaban por los salones o jardines del establecimiento hotelero en el que dormía su padre.

Los besos continúan en el Tour dos décadas después. Y son besos que se exhiben, sin que Francia, a diferencia de otros países, se escandalice con la presencia de las azafatas, vetadas en muchas carreras ciclistas, principalmente en España, y en otros eventos deportivos. La tradición de la ‘grande boucle’ dicta que las chicas, vestidas con trajes elegantes y tacones elevados, suban al podio y entreguen el ramo a los campeones; en estos primeros días Greg van Avermaet, Peter Sagan y Fernando Gaviria. Tras la recepción del ramo llega el beso, que preceden a los aplausos, después de que suene solemnemente el himno oficial del Tour.

El protocolo no cambia. Las chicas disponen de una carpa, detrás del podio, donde se arreglan antes de entregar los premios. Visten con los colores que identifican a los patrocinadores de los ‘maillots’ conmemorativos de la carrera: el amarillo del líder, el verde del primer clasificado de la regularidad, el blanco del mejor corredor menor de 25 años y el de lunares destinado al escalador más distinguido de la prueba.

Si el Tour se rindió a Anquetil en los 50 y 60, a Ocaña en los 70, con permiso de Eddy Merckx, y a Induráin en los 90 lo hizo entregado a los besos de las azafatas. El ritual continúa muchísimos años después. El mundo cambia. El Tour sigue igual.

 

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