Hay fechas que difícilmente se olvidan. Quedan marcadas como un sello en una parte del cerebro. Recuerdas perfectamente lo que sucedió, lo que hacías y dónde estabas ese día determinado y, en cambio, te cuesta hacer memoria de lo que comiste o dónde estuviste hace una semana; a no ser, claro, que te encuentres viajando con el Tour.
El 6 de julio de 1996 es un fecha que nunca se olvida. Fue un día que muchos habríamos querido que no figurara en el calendario, que como una piedra se hubiera podido apartar del camino. Hace unos años tuve la oportunidad de ir a esquiar a Les Arcs. Seguramente las pistas de la estación son magníficas. Pero el lugar estaba como maldito para mí. Supongo que los periodistas belgas que asistieron en 1975 al hundimiento de Eddy Merckx en Pra Loup debieron tragar saliva y sentir sensaciones similares a las que se produjeron aquel maldito 6 de julio de 1996 cuando a través de la radio oficial del Tour (la televisión no captó la primera imagen en directo) se escuchó algo así como un grito sordo, lo que nunca habrías querido escuchar, lo que oyes y no lo crees: “Problemas para Induráin”. ¿Induráin con problemas? Imposible. Tenía que ser un error de la ronda francesa. Sin duda se equivocaron de hombre, a pesar de que su figura y su dorsal número 1 eran inconfundibles. En las primera cuesta importante de los Alpes, en una ronda francesa que había salido de Holanda y que se corrió con un tiempo infernal, una ola de frío que obligó a suspender la ascensión al Galibier por la nieve, con temperaturas en las cimas alpinas por debajo de los 0 grados, allí, en Les Arcs, de forma inesperada, increíble, Miguel Induráin, el pentacampeón, el que nunca fallaba, el que subía los puertos con una calculadora en la cabeza, el que aplastaba a los rivales en las contrarrelojes, el que convirtió el seguimiento del Tour en una obligación, el más grande, el dominador de una época, allí en Les Arcs comenzó a despedirse del reto de ganar seis veces en París. Nunca nada volvió a ser igual.
Induráin fue batido en aquel Tour por Bjarne Riis, hoy director de Alberto Contador, que vuelve a la competición en un mes, pero también fue superado por otros nueve corredores, entre ellos Abraham Olano y Fernando Escartín. Nunca se encontró cómodo después de haber realizado una temporada más que correcta en su camino hacia la grande boucle. En el Dauphiné de aquel año se produjo un duelo que todos los franceses hubiesen querido ver en el Tour, Induráin contra Laurent Jalabert. La ascensión del navarro al Izoard fue prodigiosa. Ni Miguel ni Jaja pudieron rendir según sus planes en un Tour que llegó a Pamplona, una ciudad que homenajeó como una despedida por adelantado a su campeón, que volvió a los territorios franceses partiendo frente a la casa natal del ciclista. No fue lo esperado. Pamplona, toda Navarra, todo el mundo esperaba que el gran Miguel, el rey, el emperador, llegara a sus parajes de entrenamiento vestido de amarillo. Cuando lo hicieron subir al podio para entregarle un ramo de flores y homenajearlo, la gente lloraba. Fue impresionante ver a centenares de personas con los ojos enrojecidos. Era el lugar pero no el motivo para ver al campeón.
Resurgió en los Juegos Olímpicos de Atlanta para ganar la medalla de oro de contrarreloj por delante de Olano. Acudió luego a una Vuelta a la que nunca tuvo que apuntarse con una relación absolutamente rota en el conjunto Banesto. Induráinabandonó tras coronar El Fito, en una etapa que terminaba en los Lagos de Covadonga, en una ronda española en la que tampoco anduvo fino quedándose en las cuestas.
se lo pensó varios meses, o mejor dicho fue aplazando hasta el 2 de enero de 1997, en un frío y largo salón de actos de un hotel de Pamplona, el anuncio de su retirada. “Hoy, 2 de julio de 1997 quiero anunciar mi retirada del ciclismo profesional…” El libro comenzó a cerrarse en un capítulo amargo en Les Arcs, el 6 de julio de 1996, que nunca se debió escribir.


