La Vuelta y la vaca pasiega

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Uno de los monumentos más originales que existe es el dedicado a la vaca pasiega que se encuentro en lo alto de Los Machucos donde finaliza la 13ª etapa de la Vuelta. Una vaca musculosa, con cara de buenos amigos, sirve como reclamo para hacerse un ‘selfie’ con ella. Se le aprecian las costillas y ese color rojizo que la identifica como raza autóctona de los Valles Pasiegos de Cantabria, un entorno natural donde el verde se camufla con las rocas, un lugar al que se llega por dos empinadas carreteras; la peor vertiente es la que afrontan este viernes los corredores de la ronda española, el lugar donde consiguió la victoria Alberto Contador, en el 2017, tras la descalificación por dopaje del primer corredor que cruzó la línea de meta y que fue el austríaco Stefan Dnifl, quien formaba parte de la trama desarticulada en febrero por las policías de su país y de Alemania, una operación que afectó también a esquiadores de fondo.

La vaca pasiega había desaparecido prácticamente de los valles cántabros a principios del siglo XX. Los ganaderos habían apostado por otras razas que resultaban más productivas a la hora de conseguir litros y litros de leche. Sin embargo, al principio del actual siglo comenzó un programa para recuperar la presencia del animal y consiguieron en unos pocos años cientos y cientos de esta especie, la que este viernes pastaba tranquilamente a ambos lados de la carretera, sin dejarse sorprender, siquiera, por las decenas y decenas de coches acreditados que se dirigían a la cima de Los Machucos.

Los Alpes tienen sus marmotas, al igual que en algunas zonas de los Pirineos. Siempre se pide respeto, porque son muy asustadizas y no comprenden cómo un día concreto de julio miles de personas las invaden, haciendo ruido y creando un desorden exagerado en unas montañas donde el resto del año reina el silencio.

Si la cordillera alpina presume de marmotas, Cantabria tiene sus vacas, las pasiegas, y en todo un entorno natural, en un año en el que la Vuelta, como hizo el Tour, conciencia a los ciclistas para que pase a la historia la imagen del corredor que vacía los bolsillos de su ‘maillot’ arrojando a la carretera o el prado los envoltorios de las barritas y los geles que toma para alimentarse o recuperar fuerzas. “Este año -explica Javier Guillén, director de la Vuelta- parece que mi coche sea una especie de contenedor de la cantidad de plásticos, restos de comida y hasta bidones que me entregan los corredores durante la etapa”. Él siempre circula con su vehículo rojo en cabeza de pelotón y es, por lo tanto, el primer coche que encuentran siempre los participantes.

El Tour y la Vuelta crearon una zona de ‘recogida de residuos’ que se encuentra después del control de avituallamiento. Allí sí pueden realizar los ciclistas el reciclaje. Se llena la carretera de papelillos, de plásticos y hasta de algunos botes pequeños de bebida. Luego, los empleados de la carrera lo limpian todo y la carretera queda perfecta. También se conciencia al ciclista para que arroje el bidón allí donde vea espectadores porque para ellos es un trofeo y no se queda en medio de la naturaleza a la espera de que pasen años para que se pudra. Las cosas cambian para bien y para que las vacas pasiegas de Cantabria pasten en un espeacio natural más limpio y más sano.