Hubo un tiempo en el que solo era posible pedalear en la oscuridad. Era el ciclismo un deporte tenebroso. Algunos grandes (y también los medianos) campeones eran simplemente producto de laboratorio. Nadie puede negar que había que entrenar, mucho y duro, y estar dotado de un físico que permitiera al corredor ser al menos unos segundos más rápido que compañeros, a veces burros que querían ser caballos de carreras, en las llegadas en altitud de pruebas como el Tour que ahora ocupa nuestro tiempo.
Nunca se sabrá hasta dónde habría llegado este deporte llamado ciclismo si unos gendarmes, en julio de 1998, en pleno Mundial de fútbol en Francia, con las fronteras en alerta, por si acaso, no hubiese visto extraño que un coche decorado con la publicidad oficial del Tour y la propia del equipo –en aquellos años la organización obligaba a las escuadras a utilizar en la ronda francesa la marca de su patrocinador automovilístico—tratara de cruzar la frontera franco-belga por carreteras secundarias, en vez de utilizar la autopista. Cuando le dieron el alto y abrieron el maletero del coche del Festina, los policías no se creyeron lo que veían sus ojos. Abrieron algo más que un maletero, abrieron el cajón de los truenos y pusieron al descubierto algo que casi todo el mundo, incluidos los periodistas, ignoraba. Había, aparte del espectacular, del de los ataques, las pájaras, los triunfos y las decepciones, el ciclismo de las tinieblas. En aquellos tiempos oscuros unos pocos médicos, druidas, magos del dopaje, por delante siempre de los avances en los controles, se hicieron de oro. Ellos sabían qué tomar en cada caso, como hacerlo, cuándo y dónde. Si se quería triunfar en este deporte era necesario efectuar una buena inversión en medicina. Hubo grandes expertos, pioneros, como es el caso de Michele Ferrari, que ni siquiera eran médicos, sino químicos. Una vez, a mediados de la década pasada, dos periodistas, en plena Vuelta a España, nos encontramos con un error en la reserva hotelera. Fue después de una contrarreloj de la ronda española que se celebró en Lloret de Mar y que ganó Denis Menchov. Nos fuimos a dormir a Girona, a un hotel del call. Era el establecimiento una especie de museo, con maillots de la multitud de corredores anglosajones, principalmente estadounidense, que allí se refugiaban hasta que encontraban casa o piso. Cual fue nuestra sorpresa cuando la dueña del pequeño hotel al abrir una de las dos habitaciones nos dijo: “Aquí es donde siempre duerme ese médico italiano que tiene nombre de coche de carreras”.
Girona, durante unos años, no fue solo una ciudad escogida por muchos ciclistas extranjeros, por el sol, por la bondad de sus carreteras, porque había montaña cerca y la playa tampoco estaba lejos. Hubo un tiempo en que los Pirineos no solo marcaban la frontera entre dos países, sino la tolerancia o la vigilancia en temas tenebrosos. Uno de esos corredores que se refugió en la ciudad catalana fue el británico David Millar, hace una década, un torpedo en las contrarrelojes y ahora uno más en el pelotón, uno más que ahora disfruta tal cual fuera un aficionado en una marcha cicloturista, ahora respira ciclismo, ahora, se quiera o no, se discuta o no, se crea o no, el ciclismo que mira hacia la mitad de la segunda década del siglo XXI corre más sano y saludable. Alguno ha pensado por qué hay tanto corredor veterano, en la línea de los 40 más que de los 30. No hay que ser muy listo para adivinarlo. Millar es uno de ellos y el autor de un libro recomendable para leer estos días, ahora que el texto traducido del inglés al castellano se vende por todas las librerías. Pedaleando en la oscuridad (Contraediciones) es un paseo entre la entrada y la salida de un túnel tenebroso por el que entró y salió Millar con dos años de castigo de por medio. Eran aquellos años, la primera mitad de la década pasada, “los de un mundo tenebroso que existía detrás de la caravana technicolor, un mundo en el que los hombres que competían limpios no podían hacer nada, solo seguir adelante y apretar los dientes”. Un mundo que va quedando atrás, un mundo perdido que tuvo un dominador que sigue estando presente, como el Cid del que dicen que ganaba batallas después de muerto. Aquí hay veces que parece que sigamos en la Guerra de los 100 años.



Yo creo que en la vida, todo el mundo se merece una segunda oportunidad, siempre y cuando sea sin conocimiento.
Si es con conocimiento de causa, entiendo que Millar deberia dedicarse al cicloturismo
Se le realciono con un medico español, Jesus Losa, ex euskaltel, relax y alguno mas.
Lo mas triste es el ciclismo de base, que a semejanza de lo profesionales, buscan una ayudita.
Si se le ha dado una segunda oportunidad, q la aproveche, pero no me gusta hacer memoria en estas cosas, cuantos se han quedado en la cuneta, o no han ganado por estas cosas.
En fin, esperemos que esto cambie para siempre.
Y suerte millar para los juegos olimpicos. mira que si gana una medalla!
Q fue de Willi Voet?????????