La cruda realidad de la Volta

Froome toma medidas a su bici, en Alp

Siento contradecir profundamente –aunque lo hago con la consciencia absolutamente tranquila– a los que en comentarios, escritos o mensajes en las redes sociales están efectuando esta semana un bombardeo de críticas, en la mayoría de los casos desmesurado, sobre la Volta a Catalunya, tanto a nivel de organización, como de recorrido o de retransmisión televisiva.

La Volta a Catalunya si sigue existiendo, si forma parte del gran circuito World Tour, no es ni por la Unión Ciclista Internacional (UCI), aunque sí es de reconocer la rebaja en cuanto a cánones que acostumbra a aplicar la federación internacional, ni por la ventura y el capital de una gran firma catalana que se haya apiadado de la prueba y haya decidido patrocinarla a modo de gran premio, tal como sucede en otras carreras internacionales. Tampoco las grandes cadenas televisivas, autonómicas o estatales, pagan derechos de televisión, los ingresos más importantes que perciben, por ejemplo, la Vuelta o el Tour. No hay village o punto de encuentro donde las marcas expongan sus productos y paseen a sus clientes, tal como sucede en las dos principales carreras de Francia y España. En la Volta, solo hay una persona que, practicamente en solitario, y en ocasiones hasta adelantado o comprometiendo su patrimonio, mantiene la llama de la carrera. Y esa persona se llama Rubén Peris.

Sé que para un periodista resulta más fácil censurar a una organización: que por qué no se consiguen más patrocinadores, qué porque no se dibuja un recorrido mejor, por qué las imágenes que se ven por Francia durante el Tour (los maravillos planos de chateaux), resolución en HD, no se reflejan en la Volta. Es verdad. Pero, si no hay dinero, poco o casi nada se puede hacer.

Si la Volta tiene televisión, si sé ve en directo a través de TV-3, Teledeporte o Eurosport, es porque las imágenes de la carrera se ceden de forma gratuita y porque con un presupuesto de mínimos solo se puede contratar a una productora low cost, con medios a años luz de los que aplican la televisión francesa o española para retransmitir sus carreras. Si es verdad, que en ocasiones, la habilidad de la productora podría mejorar el producto. Por ejemplo, el pasado martes en Olot. El helicóptero no pudo volar pero la moto de carrera, en vez de ofrecer planos de los traseros de los corredores a cola de pelotón, se podría haber adelantado a la cabeza del grupo para ver, por ejemplo, como el Movistar preparaba la victoria de Alejandro Valverde.

La principal fuente de alimentación de la Volta es la Generalitat, a través de la Secretaría de l’Esport, es decir, dinero público, un patrocinio que se mantiene los últimos años, al margen del color de la administración; primero, socialista y después convergente. Los ayuntamientos, las diputaciones y este año una estación de esquí (La Molina) y un parque temático (Port Aventura) aportan el resto del capital que hace posible que durante siete días los mejores corredores del mundo, encabezados por Alberto Contador y Chris Froome (en la foto que ilustra esta entrada) puedan competir por las carreteras catalanas. El resto de ayuda viene de las empresas que colaboran y hacen del ciclismo la principal imagen de sus productos, como son los casos de Skoda o Cofidis.

¿Por qué no hay una contrarreloj? No es por la moda que reina últimamente en ciclismo y que trata de reducir y hasta anular las etapas de esta especialidad. Simplemente porque cuando se les indica a los ayuntamientos que deben cortar calles para albergar un circuito durante horas, mantener un dispositivo de policía municipal, enseguida cambia el semblante de los negociadores, casi siempre los alcaldes de las poblaciones. Supone a los ayuntamientos un esfuerzo mayor, más horas a sus agentes y una reorganización general del tráfico en la ciudad afectada. Por eso, enseguida se escucha el comentario de “quita, quita”, porque con una llegada clásica los cortes son menores y las infraestructuras urbanas se ven menos afectadas.

Con las montañas sucede igual. Evidentemente hay cimas a lo largo de la geografía catalana, algunas incluso por descubrir, como es el caso de la durísima ascensión a Pradell, pero ¿quién paga? Una organización más potente, como es el caso de ASO, que gestiona tanto el Tour como la Vuelta, se puede permitir programar un final de etapa sin apenas patrocinio para  una jornada en concreto, con tal de conseguir una mayor audiencia televisiva. La Volta, no. Por subsistencia, para continuar.

La Vuelta y el Tour necesitan de trabajadores eventuales para organizar la carrera a los que, evidentemente, paga por sus servicios. Si la Volta tuviera que gratificar a las 90 personas que trabajan por la carrera sería imposible llevarla a cabo. Aquí, en la Volta, todos son voluntarios, entusiastas del ciclismo que dejan durante una semana su quehacer diario, los que trabajan solicitando días libres y los jubilados, tomándose la disputa de la carrera como si de un viaje recreativo se tratase. Porque son los jubilados los que mueven la carrera, la mayoría de personas que colabora con la organización, para sentirse más jóvenes durante una semana, para volver a notar el espíritu de trabajar. Por desgracia, todos los años falta alguno, porque ya se ha hecho demasiado mayor para conducir, por ejemplo, o porque desafortunadamente ya no está.

Esta es la cruda realidad de la Volta, una carrera que si se sigue organizando año a año, si sigue como prueba centenaria, si se mantiene en lo más alto del ciclismo, en la Champions de este deporte, es casi por un milagro. Y, sobre todo, por el empeño de una sola persona que tiene nombre y apellido: Rubén Peris.

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