La ciudad de las ilusiones

Champan

El Tour no es solo un espectáculo de bicicletas, de competición, de superhombres que mueven los pedales para demostrar que solo uno de ellos conseguirá la victoria. A veces, incluso, lo que hagan, lo que muestren y lo que digan los corredores puede ser una papeleta secundaria. Lo verdaderamente importante es abrir cada día la caja de bombones del Tour, donde nunca sabes lo que te puedes encontrar; un día todo marcha estupendamente y por la noche te das el gran trompazo al caer por una escalera de caracol. Puede ocurrir. Es la pesadilla entonces. También te puedes encontrar con una autopista colapsada. Hay cosas que nunca cambian en Francia. Julio es el mes de las vacaciones por excelencia y parece que todas las concesionarias se pongan de acuerdo, cada año igual, en arreglar justo ahora, cuando hay más tráfico, los baches del asfalto. Las colas, entonces, se hacen interminables.

Pero cada mañana, en cambio, el Tour se convierte en la ciudad de las ilusiones; allí donde sea, por ejemplo este martes en Reims. ¡Pasen, grandes y pequeños! ¡Pasen y disfruten del festival! Ya se pueden entretener con los espectáculos, con los artistas que invaden el podio antes de que salga el primer corredor de su autocar. Pasen y degusten los productos locales y, si es en Reims, que mejor que saborear de buena mañana una copa de champán. Alguno de los invitados, seguramente, llegó a su casa algo mareado y más alegre de lo habitual.

La ciudad de las ilusiones se denomina ‘village’. Y hasta es posible, con un poco de paciencia y tiempo, ver a algún ciclista, de los de verdad, tomando un café o charlando alegremente con compañeros rivales, normalmente de su mismo país. Hace años, cuando no existían los móviles o cuando llegaron y cualquier llamada intergaláctica resultaba carísima, los ciclistas acudían a un puesto de telefonía fija gratuita. Hacían cola y llamaban a sus padres o a sus parejas. Como tantas cosas, esa imagen ya ha pasado a la historia.

¡Pasen y vean! Vean como el Tour vende sus productos originales, camisetas amarillas, blancas, verdes y todo tipo de detalles. Se puede pagar con tarjeta, por supuesto. No se queden fuera. Bueno. No quedará más remedio si no se dispone de la correspondiente invitación facilitada por la organización, el ayuntamiento de turno o algún equipo o patrocinador de la prueba.

¡Pasen y hagan cola! Pero hay que hacerla paciéntemente, en fila india. Verla es sinónimo de regalo. Puede ser un sombrero, una gorra y con un poco de suerte una camiseta, y con un poco más, una botella de vino.

¿Hay hambre? Tampoco es un problema porque los productos regionales, los quesos -qué sería de Francia sin sus ‘fromages’-, los embutidos, los dulces también están en la carta de la ciudad de las ilusiones.

Y así, día a día, apunte la mañana a contrarreloj, a jornada llana o cuando comiencen a asomar las montañas, las cumbres del Tour. Y así cada mes de julio, año a año. El Tour es mucho Tour y no solo por el deportivo combate de los corredores.

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