La caravana publicitaria, los Reyes Magos del Tour

Caravana

Un Tour de Francia sin caravana publicitaria casi sería como una carrera sin ciclistas. Es la chispa y el principal motivo de engaño para que miles de niños no protesten y acompañen a sus padres al borde de la carretera y se pasen horas, sí horas y más horas, esperando el fugaz paso del pelotón.

Al menos, la caravana sí se deja ver. Más de 150 coches que van pasando distribuidos en grupos, uno circulando por la derecha y el otro por la izquierda. Y para ese niño francés al que los padres han convencido para poder ver de cerca a Romain Bardet, al que difícilmente identificará, la caravana publicitaria se convierte algo así como una cabalgata de Reyes en pleno mes de julio, aunque eso de entregar los regalos el 6 de enero sea una costumbre más española que francesa.

A lo largo de 11 kilómetros, lo que supone media hora de espectáculo gratis, van desfilando los vehículos, algunos de ellos convertidos en carrozas ambulantes. Y las chicas y los chicos que se encuentran subidos a estos vehículos reparten regalos, que realmente sirven de poco, pero que vuelven locos a los niños, como si fueran esos mágicos caramelos que entregan Melchor, Gaspar y Baltasar.

Las marcas publictarias, algunas francesas y otros multinacionales, pagan un ojo de la cara al Tour para tener una credencial de color violeta, la que identifica a los coches de la caravana. Y así ha sido en los últimos 85 años, desde que ‘La Vaca que Ríe’ decidió anunciar sus quesos a través de la ruta de la ronda francesa siendo el primer gran anunciante de la prueba hasta su última presencia en el 2009, de Georges Speicher a Alberto Contador.

Ahora no hay deporte donde el patrocinio resulte imprescindible para sobrevivir. Los equipos profesionales ni cobran por derechos televisivos, ni reciben gratificación alguna para correr pruebas como el Tour, más allá de unas dietas por corredor y auxiliar, hasta un número determinado, algunos vales para gasolina y, por supuesto, hotel y comida gratis, aunque en este último apartado los equipos prefieren llevar su propia cocina con ruedas y confeccionar el menú, casi siempre con la ayuda de los cocineros de los establecimientos donde pernoctan, pero con los productos comprados en los supermercados que encuentran por el camino.

Pero todo esto lo desconoce ese niño que este lunes estaba apostado junto a las vallas de la salida en Carcasona, a lo largo de los primeros puertos de los Pirineos o en la llegada de Bagnères de Luchon. Y así será hasta que se baje la bandera del Tour 2018 el próximo domingo en los Campos Elíseos de París.

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