Muchas veces, en el Tour, te puedes encontrar con situaciones rocambolescas. Y hoy voy a contar una de ellas. Cuando uno afronta una carrera de tres semanas sabe que su coche se convertirá en algo más que en la casa ambulante. De hecho si se cuentan las horas que se pasan entre escribiendo, descansando o conduciendo, es en la carretera donde transcurre la mayor parte de la carrera. Es fácil que se alcancen los 7.000 kilómetros. Y, cada día, normalmente se duerme en un hotel diferente, en una ciudad o pueblo distinto. A veces, a no ser que se ocupe la habitación en una de las dos principales cadenas francesas, la noche puede resultar algo así como una caja de sorpresas.
Hay un hotel que por Tours, por años que pasen, jamás se me olvidará. No recuerdo el pueblo pirenaico donde estaba, pero el nombre se quedará siempre grabado en la memoria: hotel Dupont, aunque lo de hotel era más bien por llamarlo de alguna manera. Dormí allí en una noche muy especial (por eso tampoco se olvida). Fue el día en que Miguel Induráin se coronó de amarillo por primera vez, en Val Louron, donde permitió el triunfo de Claudio Chiappucci, su compañero de fuga. Recuerdo también que le entregó el maillot amarillo Seve Ballesteros, que había seguido la etapa en le coche de Jean-Marie Leblanc, por aquel entonces director de la prueba. El panorama que había en la habitación, sin duda ahora, 21 años después, de haberse podido colgar en Youtube (entonces ni existía internet) habría supuesto un éxito de descargas. Sobre la cama una veintena de juegos de sábanas y una decena más de toallas. Al menos estaban todas plegaditas. En el pasillo había una especie de armario y allí las fui depositando, una a una, sábanas y toallas, como si fuera yo el encargado de la limpieza. Tardé un poco en entrar al cuarto de baño, por llamarlo de alguna forma, y lo que allí ví jamás se me olvidará. En la taza del baño (ver para creer) había dibujada la firma del Zorro, ni se sabe desde cuando (qué asco). Había también un enorme botiquín, colgado de la pared, lleno de medicinas abiertas y usadas (en aquellos tiempos tampoco estaba de moda hablar de dopaje por lo que no procedía analizar el contenido) y sobre el plato de ducha una muleta; sí, tan cierto, como que no había cenado ni probado el vino, una muleta. Moscas y mosquitos eran los otros ocupantes de aquella memorable cámara. Menos mal que por lo menos se pudo cenar para acostarse feliz por el inicio de un reinado que duró cinco años en el Tour.
Desde anoche tampoco se me olvidará un hotel de Agde, en un Tour donde un británico, Bradley Wiggins (en la foto, de amarillo) pretende triunfar en París al más puro estilo del pentacampeón navarro: noqueando a los rivales en la contrarreloj y controlándolos en la montaña.
El Tour tiene estas cosas. No es solo la carrera. Hay otro Tour al que debes enfrentarte como hace un corredor en la montaña: no perderse y seguir las indicaciones del recorrido, superar embotellamientos en ciudades colapsadas por la propia grande boucle, luchar muchos días porque te den de cenar a horas que tampoco son intempestivas y no olvidarte, en los pueblos con hoteles familiares, del código de acceso, porque los dueños se van a dormir temprano y como no tengas el número secreto, tal cual tarjeta de crédito, no entras por la noche y te quedas en la calle.
Todo se supera por el entrañable cariño que se procesa a esta carrera, por los instantes de gloria que evocan algunos de sus protagonistas, porque la piel se sigue poniendo de gallina cuando asciendes por el coche por puertos míticos y ves la pasión con que la gente se toma la espera. En el Tour, muchas veces, coincides en el hotel con equipos, que pueden ser tanto el del líder como el del último clasificado de la general. Todo se aguanta, hasta una noche en un hotel de Agde, aunque en este caso no se lo deseo a nadie: suciedad, ruido, mosquitos, televisión inservible, pago por adelantado con amenaza de echarte si no lo haces y de llamar a los bomberos y pagar 150 euros, ¡lo nunca visto! en el supuesto de haber sido fumador y entregarse al supuesto placer de encender un cigarrillo.
¡Ah! Ahora recuerdo también haber coincidido en un Giro de Italia en una ocasión, con todo el equipo Banesto (que suerte haber encontrado una habitación libre en su establecimiento), Miguel Induráin a la cabeza. La agencia de viajes de la carrera se equivocó (o les engañaron) de categoría. No era un hotel. Era una casa de barrets. Pero eso es otra historia.


