¿Qué tienen los Alpes que no tengan los Pirineos? El verde es distinto, los picos son más puntiagudos, las construcciones son distintas y si llegas, como casi siempre, a una estación de esquí la vista no alcanza en número de remontadores que se presentan ante tí. Son cuestas más largas y bajadas más extensas. En los Alpes siempre acostumbra a soplar un viento, que si es de cara, dificulta e imposibilita las escapadas en solitario.
¿Qué tienen los Pirineos que no tengan los Alpes? El verde es más oscuro, los picos suelen estar menos despoblados, las construcciones empiezan a importar el colorido alpino, y si llegas, algunas veces, a una estación de esquí es más fácil contar el número de remontadores. Son cuestas más cortas y bajadas, muchas veces, más técnicas. El viento suele ser molesto, está claro, pero no acostumbra a ser tan determinante como en los Alpes. Posiblemente una fuga en solitario es más fácil de mantener en esta cordillera.
¿Y qué tienen ambas cordilleras? Cuando se habla de Tour, sencillamente, tienen cumbres de leyendas; las encuentras en ambos lugares. Son nombres que forman parte de la mitología de la grande boucle, allí donde los más grandes e importantes nombres, a lo largo de más de un siglo de historia, desde 1910, cuando se ascendieron por primera vez los cuatro colosos pirenaicos (Aspin, Tourmalet, Aubisque y Peyresourde), o desde 1911, cuando el Galibier alpino se incorporó a la historia de la carrera, siempre se encuentra alguna gesta que recordar de Fausto Coppi, de Louison Bobet, de Charly Gaul, de Federico Martín Bahamontes, de Felice Gimondi, de Eddy Merckx, de Raymond Poulidor (no hace falta ganar en París para ser un héroe de la prueba), de Bernard Thévenet, de Lucien van Impe, de Joop Zoetemelk, de Luis Ocaña, del Tarangu Fuente, de Bernard Hinault, de Laurent Fignon, de Stephen Roche, de Pedro Delgado, de Miguel Induráin, de Marco Pantani, de Lance Armstrong o de Alberto Contador. Sin olvidarnos de un magnífico Relojero de Ávila llamado Julio Jiménez o hasta de la valiente fuga de hace un año de Andy Schleck, en el Izoard, camino del Galibier.
Mucha gente dice y analiza, después de contemplar el recorrido diseñado para esta edición, que el Tour se ha olvidado de la montaña. Personalmente mantengo que hay montaña en ambas cordilleras aunque, eso sí, sí se aprecia la falta de al menos una llegada más en altitud, al menos para neutralizar algún kilómetro de los previstos en contrarreloj. También es cierto que, con este dibujo, presentado en época de Induráin, pocos habrían notado la falta de algún pico y se habrían bendecido los kilómetros de contrarreloj. Y hasta es posible, con actitud chulesca, que alguien dijera, incluso, que porque las contrarrelojes no eran todavía más largas. Pero hay suficiente terreno, sobre todo mañana, a partir de La Madelaine y la Croix de Fer, nombres mayúsculos de los Alpes, para que todo salte por los aires, deportivamente hablando. Y eso sin descuidar los Pirineos, que llegan cargados de su mayor efectividad, con todo o casi todo de su vestuario, en una tercera semana, cuando las piernas de muchos, y a veces algún favorito, ya comienza a decir basta y a notar el agotamiento de tantos y tantos kilómetros. París todavía está muy lejos.


