En la oficina de Xavier Florencio

Xavier Florencio, en su oficina.

En la oficina de Xavier Florencio no hay ordenadores de mesa, ni sillas con ruedas, ni papeleras de reciclaje, ni un teclado, ni siquiera una ventanilla de atención al público. Hay un volante, un cambio automático, un pedal para el freno y otro para el acelerador, una radio para hablar con los corredores y los otros coches del conjunto Katusha y muchas horas al volante con un auxiliar de la escuadra, un mecánico presto a saltar del vehículo como si fuera Usain Bolt para cambiar rápido o reparar una bici en caso de avería o caída.

En su oficina recuerda al Xavi Florencio que con 18 años, increíble, lo llamó Manolo Saiz y lo fichó por el conjunto ONCE. Nervioso, inexperto, con buena parte de las figuras de la época, se vio en la concentración invernal, en el Bosque, en Cádiz, en uno de los lugares donde más llueve en la península ibérica. “Saiz programó seis horas de entrenamiento y al primer repecho me dije a mí mismo ‘¿pero cómo pueden ir tan rápidos los profesionales?’ Y, poco después, ya me descolgué. Se acercó Manolo, que iba en el coche, me dio un bidón con agua y me dijo: ‘¿quiéres ser profesional? ¿no? Pues te quedan seis horas, a tu ritmo, y ya sabes dónde está el hotel’. Llegué muerto”. 13 años se pasó en el pelotón internacional hasta que una lesión en la pierna izquierda, con 33, le obligó a retirarse.

De eso hace tres años. Ahora es uno de los directores del conjunto Katusha en la Vuelta. Al conjunto ruso llegó de la mano de su amigo Purito Rodríguez. “Cuando me retiré, me ofrecieron entrar en el equipo técnico del Katusha; el primer año para coger experiencia y convertirme luego en director. La sensación en la concentración invernal, en Calp, precisamente (final este viernes de la contrarreloj de la ronda española), fue muy extraña, sobre todo, en el comedor, donde había preparada una mesa para 28 corredores, a la que siempre me había sentado, pero esta vez tenía mi sitio en la de los directores. Pasaba de ser compañero a tener que mandar. El choque, la primera vez, fue un poco extraño”.

Xavi –continúan los recuerdos en su ‘oficina’– fue el primero de todos en irse a vivir a Andorra, mucho antes que Purito. “Yo no me fuí a Andorra por dinero, porque tampoco tenía sentido el tema de los impuestos con el sueldo que yo cobraba entonces. Pero busqué un lugar para concentrarme en altitud y Andorra me pareció sensacional. Primero iba de alquiler, hasta que me compré un apartamento. Un día me llevé a Purito, iba a correr el Tour del 2007, aunque al final no fue convocado, y estuvimos entrenando por todos los Pirineos”. Purito, en El Tarter, compró otro apartamento al lado del de Xavier. Y allí empezó todo.

“Cuando me retiré hablé con Xary, mi mujer, para ver si seguíamos en Andorra o nos trasladábamos a Mont-Roig, mi pueblo. Pero ella había encontrado trabajo allí, como monitora de deportes. Hoy es la directora  del centro lúdico Anyós Park. Y trabaja más horas que yo, al volante, auxiliando a mis corredores”.

En Andorra nació Lola, que ahora cumple tres años, y en enero lo hará Vera. Allí, también, su amigo Carles Flinch tiene colgada a la entrada de su restuarante la fotografía de Florencio, en el mejor día de su carrera deportiva, cuando ganó en el 2006 la Clásica de San Sebastián, en su etapa de corredor de la escuadra francesa Bouygues Telecom, hoy Direct Énergie. “Mis padres y mi hermana me llevaron a San Sebastián en coche y estaban en la meta cuando gané. En el podio, viéndolos, hubo muchas emociones”.

Su padre Josep fue ciclista profesiona a finales de los 60, su hermana Núria logró varios títulos de campeona de España de pista y Josep, su otro hermano, también trató de encontrar un puesto en el pelotón profesional. Sus padres se podría decir que llevan toda la vida siguiendo la Vuelta y el Tour, en su caravana, antes con los padres de Purito. El primer beso que David de la Cruz recibió en la cima del Naranco, tras ganar la etapa y vestirse de rojo, fue el de la madre de Xavier.

Y así se pasaría  horas y horas, en su ‘oficina’ con ruedas, hablando de ciclismo, de una afición que comenzó con seis años, en Mont-Roig, hasta que a los 18 se hizo profesional para convertirse después en director deportivo, una vida, un ciclismo, una pasión y, sobre todo, una satisfacción.