En el Tour se han vuelto locos

Tour reducida

Señoras y señores ya se ha desatado la locura. ¡Esto ya es el Tour! Cuando llega la montaña es como cuando en las mejores de las cenas sirven el plato principal, caliente, con los mejores ingredientes y desarrollado por un chef de solera. Un Tour sin montaña es como un mes de diciembre sin Navidad. Y, gracias al nuevo concepto ideado hace unos pocos años por la Vuelta, siguiendo su ejemplo, ya no es necesario esperar 10 o 12 días de cansino llano para ver a los ciclistas escalar montañas; en este caso los Vosgos, camino de la durísima Planche de les Belles Filles, un monte que ya empieza a adquirir la denominación de clásico en la ronda francesa.

En el Tour se han vuelto locos. Y valga el comentario para explicar la verdadera excitación -igual a los ciclistas no les gusta tanto- que provoca la nueva llegada que este año se estrena en La Planche des Belles Filles. Estamos en una estación de esquí y pensando en la Grande Boucle se asfaltó de aquella manera 900 metros extras a la tradicional meta en la que ganaron Chris Froome, Vincenzo Nibali y Fabio Aru. Pero que nadie crea que se trata de un asfalto puro y duro de autopista; ni mucho menos, hay gravilla y tierra compacta, como si nos encontrásemos en Italia, en su ‘esterrato’ y contemplando los bellos paisajes de la Toscana.

Como las ideas del Tour se transmiten por todos los canales posibles, este año no cabe un alfiler en los últimos kilómetros de ascensión. Un caravanista explicaba a los periodistas que llegó a la zona noble de la subida, por miedo a no disponer de una buena posición, el miércoles a las 7 de la mañana, cuando, en vez de aficionados al ciclismo, solo había alguna vaca perdida, algunas rapaces sobrevolando los cielos y algún animalillo de bosque que ahora está escondido y atemorizado por el gentío que ocupa sus territorios.

Las etapas llanas con kilómetros y kilómetros de pelotón compacto son inevitables porque hay que mover a la caravana de un punto a otro de Francia y estos tipos de traslados son imprescindibles. Son etapas que conviven con la emoción y el riesgo en los kilómetros finales pero que invitan a la siesta en la fase intermedia, cuando la escapada ya se ha formado y los equipos que comandan el pelotón solo imponen un ritmo regular para no perder la compostura. Nada más.

La montaña es la salsa del ciclismo y los Vosgos de los balones, como el de Alsacia, no tendrán la historia y la magia de los Pirineos o los Alpes, pero también son cimas encantadoras y suficientemente graciosas para que se pueda repetir una vez más que en el Tour se han vuelto locos.

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