El Tour ya vive su pasión

Un grupo musical anima al Tour durante la primera etapa

Un grupo musical anima al Tour durante la primera etapa

Un 7 de julio pasaba el Tour por la región francesa de La Vendée, tierra de sal, ostras y mareas que cambian el paisaje. Y, tal como debía ser, las autocaravanas, los coches, las sillas de cámping, las mesas de plástico ocupaban buena parte de los 200 kilómetros de esta jornada inaugural. Una vez más, un año más, una edición más, el Tour se ha estrenado aliado con la pasión, la que no se se pierde nunca y la que supera todos los obstáculos que se interponen en el camino.

Hace 20 años, cerca de Fontenay le Comte (meta de esta jornada inaugural del Tour 2018), a apenas un centenar de kilómetros, en la ciudad de Cholet, comenzó a desatarse la tormenta, el escándalo del dopaje. Motoristas de la Gendarmería obligaban al coche del conjunto Festina a dirigirse a comisaría cuando el vehículo tomaba el desvío para no cruzar la línea de meta. Allí comenzó todo, en una edición, la de 1998, que mejor sería olvidar. Aquel año, por primera vez, se anunciaba que el Tour estaba en peligro de muerte. Nueve años más tarde, Michael Rasmussen (hoy ejerce como articulista en un diario danés y cada día está en la sala de prensa), corredor por aquel entonces en el desaparecido equipo del Rabobank, huía del Tour, vestido de amarillo, a través de la cocina del hotel que ocupaba en la ciudad de Pau. Al día siguiente un diario francés, con su portada tintada en negro, notificaba el fallecimiento de la ronda francesa.

Pues ni murió entonces, ni está enferma, ni nada de nada. La carrera adapta sus horarios, por ejemplo este sábado, para no coincidir la llegada con los partidos del Mundial de fútbol. Pero la gente, la verdad –aunque fue beneficioso que Francia hubiera jugado y ganado el viernes a Uruguay– no se ha quedado en casa, anclada ante el televisor, no fuera el caso que el Suecia-Inglaterra se adelantara un poco. La gente, el público mayoritariamente francés o los que aprovechan sus vacaciones para hacer turismo por los alrededores de la carrera, se ha situado en los límites de la carretera, tal cual sucedió en los años de gloria de Miguel Induráin, en los siguientes a la retirada del campeón navarro, años con la terrible marca del dopaje y en este ciclismo que ha resurgido en esta década.

Decían que Chris Froome no sería bienvenido tras un perdón por dopaje que, de hecho, iba a ser tan polémico y comentado como si al británico lo hubiesen castigado. El jueves lo abuchearon, y mucho, en la presentación oficial de equipos. Sin embargo, en la ruta apenas se han podido ver un par de pancartas alusivas al dopaje y cuestionando al cuatro veces vencedor en París, quien si no logra aumentar el palmarés se quedará como el único ciclista que ha ganado cuatro, a uno del noble club de los cinco y uno por encima de los tricampeones de la ronda francesa.

Como cada 7 de julio desde que Ángel Arroyo y Pedro Delgado comenzaron a encandilar con sus aventuras en el Tour, el conjunto Movistar, esencia navarra, se ha presentado a la salida con los pañuelicos rojos anudados al cuello. Es una tradición, que tampoco se pierde y que anima a un Tour, que sigue llenando las carreteras de aficionados, de personas que duermen en sus caravanas o tiendas de campaña la noche anterior y que llevan meses planificando el viaje. Es la pasión. Es la llama inagotable de un bendito Tour de Francia.

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