El peligro de los cicloturistas alocados

 

Cicloturistas

Hay una especie de cicloturista que es un verdadero peligro, sobre todo para ellos mismos, porque exponen su vida de una manera absolutamente insensata. El Tour, desde hace unos años, regula de manera excepcional los descensos que efectúan algunos aficionados en bici cuando buena parte de los vehículos acreditados que preceden al pelotón está efectuando el ascenso hacia la zona de meta. El fenómeno de los cicloturistas alocados también ha llegado desgraciadamente a la Vuelta.

Los cicloturistas que piden respeto con todo el derecho traicionan sus reivindicaciones -son un pequeño pero peligroso grupo- cuando no respetan el código de circulación. Son los que se saltan los semáforos en rojo principalmente en las ciudades. Si el coche, la moto, la furgoneta y el autobús se detienen, ¿el ciclista tiene acaso un visado especial para no hacerlo? Y no digamos yendo por las aceras que deberían ser de uso exclusivo, sino está marcado el carril bici, para los peatones.

En las montañas, cuando llega una etapa de la Vuelta, el Tour o el Giro sucede igual. Se trata de un reducido pelotón que no generaliza, ni mucho menos, a los que respetan y a los que acuden con su bicicleta para buscar un lugar idóneo en el que ver el paso de los corredores profesionales y animarlos si hace falta. Pero esa minoría parece tener una especie de frustración por no haber alcanzado el grado suficiente para disputar una carrera de las grandes con dorsal a la espalda. Son los que ascienden el día de la carrera controlando el cronómetro, protestando y ocupando la calzada como si fueran los dueños del puerto. Y los mismos que luego descienden como locos con carretera abierta como si fueran el mismísimo Miguel Induráin en la famosa bajada del Tourmalet en el Tour de 1993. Nadie desea atropellarlos. Pero algún día ocurrirá.

Ellos arriesgan su vida, porque, aunque afortunadamente nunca pasa nada, es tan y tan fácil chocar con cualquier coche acreditado que las consecuencias pueden ser letales. Este cronista ha visto en el Tour, en el Tourmalet, a cicloturistas con la cabeza abierta, con la ambulancia descendiendo en sentido contrario a la carrera para buscar un hospital y evacuarlos con rapidez.

Las dos o tres horas previas a la llegada de la carrera circulan muchos coches en la ruta de la Vuelta o el Tour. Y este cronista vio el lunes pasado en La Cubilla asturiana, en el horario de mayor tráfico de vehículos acreditados, a cicloturistas lanzándose como locos, jugándose el pellejo y coleccionando cromos para tener un accidente. Así no se va a las carreras. Así es mejor quedarse en casa y ver la Vuelta por la tele que la retransmisión es exquisita.

No hace falta subir, por ejemplo este jueves a Navacerrada, poniendo el ‘crono’, para ver cuánto tiempo se ha hecho en referencia a Roglic o Valverde. Esta minoría es la que asciende a los puertos en los días de competición, creyéndose la figura de la carrera, sin ropa de abrigo, sin comida, sin nada y convencido que las pancartas indicando lo que queda para la cima con la publicidad de los patrocinadores las han puesto para ellos. Y, claro, arriba hace frío y hay que bajar a toda velocidad. Allí radica el peligro.

El ciclismo tiene una magia especial que no posee ningún otro deporte. Solo hace falta imaginar lo sensacional que sería poder jugar un partido entre seguidores en el Camp Nou o el Bernabéu un par de horas antes de que lo hicieran las estrellas del balón. ¿Es imposible, verdad? Pues en ciclismo si puedes subir el Tourmalet en el Tour, el Mortirolo en el Giro o Navacerrada, este jueves, hazlo con respeto, con seguridad que para exhibiciones ya están Valverde y compañía. Ya hay bastante peligro con los automovilistas inconscientes, los que reniegan de los ciclistas, que los hay, como para ponerse a su altura.