“El coche, ¿dónde está?”

Ciciclsita

El susto puede resultar tremendo. Hace unos años, un periodista enviado especial al Tour tuvo que contratar los servicios de un taxista, horas después de terminar la etapa, para que le ayudase a localizar el coche. No recordaba dónde lo había dejado aparcado. Se pasó más de una hora dando vueltas con el taxi hasta que al final encontraron el vehículo. Y no fue por error o despiste, sino porque la fisonomía de las ciudades cambia totalmente con la llegada de la carrera. Y a la menor variación se pierde la referencia visual. Muchas ciudades, como ocurrió en Albi estos dos últimos días, enloquecen en literal sentido de la palabra con la llegada de la carrera; calles cortadas, vallas por todas partes y una seguridad endiablada.

No es lo mismo visitar, el martes Albi o este miércoles Toulouse, con o sin el Tour en el cartel de fiestas. Si ya es difícil acceder a la capital occitana por el periférico por el habitual volumen de tráfico todo se complica cuando hay salidas bloqueadas y todo el centro de la ciudad, todo sin excepción, se encuentra cortado al tráfico rodado.

Hay cosas que nunca cambian en el Tour y una de ellas es el corte de carreteras y ciudades. La ruta del Tour está cerrada desde muchas horas antes del paso del pelotón porque antes circula la caravana publicitaria que da regalos, que tampoco sirven para mucho, la verdad, pero que enloquecen a los niños, que cogen los obsequios como si fueran verdaderas reliquias. Se pueden pasar un promedio entre seis y ocho horas para ver el rápido paso de los corredores, apenas unos 20 segundos si el pelotón va compacto y circula aproximadamente a 40 kilómetros por hora. Pero merece la pena porque la fiesta está no solo en el pedaleo de los corredores sino en todo lo que viene antes, centenares de coches que van pasando como un anticipo de los ciclistas. Si hay fuga, o si hay varios grupos formados, pues entonces la fiesta es mucho más intensa. Por supuesto, las jornadas montañosas son mucho más entretenidas porque el festival puede durar casi media hora entre el paso de los destacados, los líderes, y la llegada de los que se toman esos días con más calma; sobre todo, los velocistas que este miércoles, y hasta París, se despiden del combate por las victorias.

Pero al igual que el montaje y la decoración de la ciudad se realiza de forma rápida también todos los símbolos, esas referencias visuales que resultan vitales para localizar el coche, desaparecen enseguida cuando se baja el telón del Tour, porque hay que partir enseguida hasta el próximo destino.

En Albi, este miércoles, la policía municipal ha empezado a retirar coches de las calles por las que pasaba la prueba a las 2 de la mañana. Llevaban días advirtiéndolo pero siempre hay despistados o vecinos que piensan que no va con ellos porque llevan toda la vida aparcando en el mismo sitio. Pues, sí, va con ellos, porque el Tour es el Tour, como dicen en Francia, y todo se pone patas arriba cuando toca el turno de la carrera. Y los mismos habitantes de Albi que se acostaron el martes con festivales por la calle, de música y gastronomía, se levantaron con todo el centro de la villa plagado de vallas. “Por aquí no se puede pasar”. Lo puede decir un voluntario, un policía o un empleado de la ronda francesa. Y si dicen que no se puede pasar, no merece la pena insistir porque no engañan nunca; es que no se puede pasar.

Pero el mismo vecino que haya buscado la tranquilidad de su hogar; sin duda, a media tarde de este miércoles ya comprobara como Albi ha recobrado la calma, excepto por el movimiento de los cientos de turistas que vienen cada día, sobre todo en verano, a visitar los cuadros recogidos en el museo de Toulouse-Lautrec, el habitante más ilustre de la ciudad.

Por eso, el comentario de “¿dónde he dejado el coche?” se puede convertir en un drama. Hay que contar hasta 10, respirar profundo, concentrarse y sobre todo no ponerse nunca como referencia un objeto móvil, sobre todo si está vinculado al Tour, porque las consecuencias pueden ser dramáticas.

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