Echávarri, con él empezó todo

Echávarri

Llega Valverde, detiene la bici y lo saluda. Como en tantas otras cosas, el campeón del mundo es un superviviente. José Miguel Echávarri y Valverde se saludan cariñosamente. Bien podría decirse que el ciclista murciano fue el último gran fichaje realizado por el técnico navarro antes de su retiro voluntario. Hoy disfruta del ciclismo que él creó mientras ve crecer a sus cinco nietos. Pero si la Vuelta pasaba por Navarra, llegada a Urdax y salida del circuito automovilístico, él tenía que estar, dejarse ver y revivir viejas épocas antes de que dejara el equipo que inventó hace cuatro décadas en manos de Eusebio Unzué.

Con Echávarri empezó todo y no podríamos entender el ciclismo actual de no haber nacido el conjunto Reynolds, luego Banesto, más tarde Illes Balears y Caisse d’Epargne y ya con Unzué al poder bajo la denominación de Movistar. Sin el Reynolds de Ángel Arroyo y principalmente Pedro Delgado no entenderíamos el Tour y la Vuelta más recientes. Sin Delgado, Miguel Induráin no habría crecido como corredor. Con Echávarri al mando ganó los cinco Tours y los dos Giros. Y, poco antes, Perico levantó a miles de aficionados de sus sofás mientras seguían entusiasmados el Tour 1988, que ganó. Luego llegaría Abraham Olano, al que siempre le faltó un poco de suerte para conquistar París, aunque ganó la Vuelta de 1998. Brilló demasiado cerca de la retirada de Induráin. Precisamente la victoria en Madrid de Olano fue la última gesta como técnico de Echávarri. El Tour de 1988, conocido como el del dopaje, fue demasiado duro para José Miguel. Tomó una decisión que nunca pudo imaginar: retirar a su equipo de la competición antes de que finalizara una edición para el olvido.

Vino mucho antes la victoria de Perico en la Vuelta de 1989 y aquella que le quitaron a Arroyo en 1982 y que pasó al palmarés de Marino Lejarreta. La colección de corredores que recibieron las consignas de Echávarri casi es interminable, los mejores de los últimos 40 años del ciclismo español: Laguía, Prieto, Gorospe, Mauri, el Chava Jiménez… y, por supuesto, Óscar Pereiro. Echávarri seguía nervioso su fuga camino de Montélimar en el Tour del 2006. Iban cayendo los minutos. Pereiro cruzó la línea de meta y tras una tensa espera se vistió de amarillo. La rápida descalificación de Floyd Landis por tramposo le dio a Pereiro la victoria apenas tres días después de llegar segundo a París, aunque tuvo que esperar más de un año para ser coronado definitivamente como campeón del Tour.

Ahora Echávarri solo escucha. Él es de una época en la que el patrocinador principal del equipo se paseaba muchos días por etapas de la Vuelta como la que este jueves termina en Bilbao. Él era de un ciclismo en el que no había autocares convertidos en refugio de los ciclistas, que se sentaban en el capó del coche auxiliar para dejarse ver a por todos… principalmente por los aficionados.

El 1 de enero de 1997, a primera hora de la tarde, Echávarri recibió una llamada en su móvil. Era Induráin que le adelantaba que al día siguiente convocaba a la prensa para anunciar la retirada. Guardó silencio y discreción. Ya hacía tiempo que la relación entre el padre deportivo y el hijo ciclista se había deteriorado. Ninguno jamás contará las razones del distanciamiento. Nada volvió a ser igual. El saludo entre Valverde y Echávarri es como la nota entre un tiempo pasado y el actual que todavía perdura. Al menos unos pocos años más.