Dioses del ciclismo

Dioses 2

Si el Tour fuese una religión -a veces parece que lo sea- tendría sus propios santos, o mejor dicho sus dioses, los dioses del ciclismo. Son los rostros que se santifican en algunas etapas para hacer más glorioso, como si de una túnica sagrada se tratase, el jersey amarillo que este año se ha vuelto centenario. ¡Cuánta historia esconde la prenda! Y, por vez primera, como conmemoración a los 100 años de su nacimiento, las caras de los grandes campeones, de los dioses del ciclismo, se pasean en alguna etapa. Ya se lucieron las esfigies de Eddy Merckx y de Bernard Hinault, y aún faltan por llegar las de Jacques Anquetil y la de Miguel Induráin. Como no podía ser de otra manera a Lance Armstrong ni está ni se le espera. Él ha sido condenado al infierno ciclista.

El ‘village’, el pequeño pueblo ambulante que aprovechan los patrocinadores para mostrar los productos, se convierte cada mañana en el templo de las viejas glorias. Forman parte de la decoración, con sus imágenes, en color o en blanco y negro, vestidos de amarillo en los días de gloria paseando la prenda por Francia camino de la victoria en París. Este año, como en los pasados, como si fueran ‘Los Inmortales’, solo puede quedar uno. Solo uno subirá a lo más alto del podio, escuchará el himno de su país -si no se equivocan como le ocurrió a Contador a quien le pusieron el danés en vez del español- y recibirá los honores de campeón. Los demás llegarán a los Campos Elíseos recompensados por el trabajo bien hecho, una buen lugar en la tabla, un puesto en el podio, el liderato en alguna clasificación secundaria o simplemente feliz por haber acabado la carrera.

Los ciclistas cada vez entran menos en el ‘village’. Algunos ni lo conocerán en las 21 ocasiones en que se montará. Da la sensación de que a la nueva generación de corredores les cuesta más habituarse al calor de la gente que sus antepasados que brillaron sobre la bici. El día que se inventó el autobús el corredor comenzó a distanciarse del espectador. Ni Anquetil, ni Merckx, ni siquiera Induráin tuvieron un autocar en el que refugiarse al inicio y al final de las etapas. Ahora parecen volar para alcanzar el nido protector del vehículo al final de las etapas, driblar los micrófonos de las radios, sentirse a salvo de los aficionados.

Ellos no tienen tiempo de entretenerse viendo por las grandes pantallas que el Tour instala cada mañana en el ‘village’ las viejas imágenes que muestran a Anquetil feliz después de ganar una contrarreloj, a Merckx retorciéndose sobre su bici mientras escala por los Pirineos y a Induráin animado a gritos con la voz televisiva de Ramón Pizarro, mientras pone al pelotón en fila por las cuestas de los Alpes.

Tampoco ven la imagen de un pequeño anciano con su boina que va recordando en los años 50 que pudo ganar el Tour de 1919 sino rompe la horquilla de su bici subiendo por el Tourmalet. Entonces no había coches de equipo con el techo cargado de bicis, ni compañeros cerca que pudieran auxiliar al jefe de filas, en caso de caída, como sucedió el sábado cuando Geraint Thomas se fue al suelo. Eugene Christophe, hace 100 años, tuvo que bajar a pie el Tourmalet, encontrar una herrería abierta en Sainte Mairie de Campan, donde empieza la ascensión por la vía de La Mongie, y reparar a golpes de martillo la horquilla averíada para volver a subir, de nuevo, el maldito y a la vez querido monte.

Los dioses del ciclismo también tuvieron vida agitada, sobre todo Anquetil, con episodios amorosos dignos de una novela. Hasta hace un par de años Hinault se movía todos los días por el Tour e imponía diariamente el jersey amarillo al primero de la general. Hasta que se cansó y decidió jubilarse. Ahora es Bernard Thévenet, otro dios, tal vez un dios menor, pero con el honor de haber ganado el Tour en dos ocasiones, quien ocupa la plaza que fue de Hinault como reclamo de vieja gloria más importante al servicio oficial de la carrera.

El ‘village’ se va cerrando cada día en cuanto suena una campana que avisa que faltan unos pocos minutos para que todo el teatro del Tour se ponga en movimento. Es entonces cuando los corredores salen del autobús y se dirigen a la línea de salida. Es entonces cuando el espectador los verá más cerca, pasando delante suyo. Es hora de apagar las grandes pantallas del Tour y guardar para otro día las imagenes de las gestas de los dioses. Y así cada día hasta que las bicicletas aparezcan por París.

Temas