De Pablo Picasso a Carlos Verona

Verona

Con los ojos de un debutante todo se ve distinto, todo parece más grande, hasta majestuoso, aunque en el fondo el trabajo que se ejecuta dentro del pelotón es el mismo en el Tour que en cualquier otra carrera del calendario. Supo, prácticamente después de fichar, que el conjunto Movistar lo quería llevar a la ronda francesa. Y así se preparó todo el año Carlos Verona, un madrileño de San Lorenzo de El Escorial que se estableció en Matadepera, a las puertas de Terrassa, el pueblo donde casi siempre ha vivido Joselu Laguía, contemporáneo de Perico, por cuestiones del amor. Luego se trasladó a Andorra. Es uno más entre el numeroso pelotón que se ha establecido en el pequeño país de los Pirineos.

Y todo se le pudo ir al traste cuando entró rápido en una curva del recorrido preparado para disputar el Campeonato de España, en Murcia, a una semana del Tour. Se llevó un buen golpe en la pierna, pero se levantó del suelo tan deprisa que no tuvo tiempo siquiera para notar el dolor. “Pero luego fue a peor”, lamenta Verona en la salida de la octava etapa, en Mâcon. En el Tour recuperarse de una caída es complicado, casi imposible. Que se lo pregunten a Alberto Contador que se fue al suelo dos veces seguidas en la edición de 2016 y acabó abandonando.

Verona ha mejorado y sigue viendo el Tour con los ojos de un ciclista de 26 años que ha cumplido el sueño de disputar la carrera de las carreras, la más grande -que a veces no quiere decir que sea la más entretenida- pero la que ha llenado libros y libros de historia.

Tal vez no sepa Verona, muchos años antes de que naciera, que Pablo Picasso disfrutaba tomando pastis en una terraza de Provenza, cuando veraneaba en agosto, tras el Tour. Compartía mesa con los hermanos Lazarides (Apo y Lucien). Originarios de Grecia animaron el ciclismo francés a finales de los 40 y hasta mediados de los 50. Lucien fue el primer ciclista en coronar el Ventoux en el estreno de la montaña como cima del Tour, en 1954. Apo fue subcampeón del mundo en 1948. Picasso, querido Verona, se lo pasaba en grande escuchando las aventuras del Tour que le contaban los hermanos Lazarides.

El amor hacia el Tour también contagió a otro genio del arte como fue Salvador Dalí. La verdad es que ambos artistas, sobre todo por cuestiones políticas, simpatizaban bien poco. Dalí vivía el Tour a su manera, pintaba durante las etapas de montaña, porque le inspiraba ver a los ciclistas retorcerse sobre sus bicis mientras luchaban titánicamente con las cuestas de los Pirineos y los Alpes. Hasta se permitía cazar moscas que morían en el interior de su boca. Era único. Posiblemente era mucho más sugerente tomar pastis o cerveza escuchando a los héroes de la ronda francesa.

Verona como todos los que este año han debutado en la carrera -también lo ha hecho el asturiano Iván García Cortina, otro más del pelotón andorrano- van camino de ser héroes, aunque sean un poco más anónimos que los que están destinados a ganar esta carrera. “El Tour es incomparable a cualquier otra prueba por el impacto, porque hay más medios de comunicación, por el público que sigue la prueba en la carretera”. Y porque aquí coincide con todos los astros del pelotón. “Yo no soy ciclistas de clásicas y solo acostumbro a correr vueltas de una semana, por lo que aquí también te ilusiona encontrarte con ciclistas que no ves en esas pruebas y que solo te encuentras aquí como Sagan o Van Avermaet“.

Él, imitando a los hermanos Lazarides, también cuenta cada día sus aventuras. Lo hace a través de su blog, lejos de la intimidad alrededor de Picasso. “Escribo casi siempre desde el autobús del equipo, camino al hotel después de terminar la etapa. Y lo hago con el móvil. No necesito ni ordenador”. Hasta Picasso se sorprendería si levantara la cabeza de cómo ha cambiado el Tour que él conoció, los ciclistas y la pintura general de la vida.

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