Cuatro amigos, un gendarme y Chris Froome

Val Louron

Esta es la historia de Albert, Òscar, Pau y Marc. Son cuatro amigos barceloneses que por tercer año consecutivo decidieron coger el coche y las bicis y venir al Tour. Querían ver de cerca a los corredores por los Pirineos y de paso exprimir un poco las piernas subiendo por los escenarios de lucha de los ciclistas.

Encontraron un apartamento en la estación de Peyragudes, muy cerca del aeródromo que hace años destruyó James Bond, donde en el pasado Tour se atrancó Chris Froome para encender todas las alarmas. El martes ascendieron por el aeródromo y, el miércoles, por la mañana, prepararon las bicis; de carretera, de montaña y la de Albert una ‘gravel’, las nuevas bicicletas de ciclocrós que permiten ir tanto por carretera asfaltada y por caminos, que tan buena aceptación tienen en el mercado.

El reto, porque siempre es un reto coger la bici y subir por alguno de los clásicos del Tour, era coronar Val Louron, que siempre por años que pasen será la cumbre de Miguel Induráin, porque allí y ante Claudio Chiappucci se vistió de amarillo por primera vez en el Tour, por allá 1991. En Val Louron se fotografiaron, como debe ser, para que hubiera testimonio gráfico de que ellos pasaron por el monte horas antes de que lo hiciera el pelotón del Tour, comandado como siempre por el ejército del Sky.

Después se dirigieron hacia Saint Lary para comenzar la aventura siempre incierta de saber hasta dónde podrían subir en bici por la ruta del Portet, allí donde el miércoles ganó Nairo Quintana. Y es una aventura porque nunca se sabe el lugar en el que los gendarmes darán el alto. Hasta aquí se puede llegar en bici. Y es allí donde el ciclo aficionado decide quedarse. En el caso de estos cuatro amigos barceloneses fue a 10 metros de la pancarta que indicaba que faltaban cuatro kilómetros para la meta. “Era un buen lugar -recordaba Albert Secall este jueves- porque había perspectiva y se podía ir viendo a los corredores subir hasta nuestra posición desde unos cuantos kilómetros antes”.

Allí aparcaron las bicis. Estaban en primera línea, un lugar ideal en el que casi se podía tocar a Quintana, cuando pasó ya decidido a proclmarse vencedor de la etapa. También vieron al grupo de favoritos con Froome, con el jersey amarillo Geraint Thomas, Tom Dumoulin, Primoz Roglic, Mikel Landa y un Romain Bardet que sufría como un animal herido. También animaron a todos los grupos descolgados y a Peter Sagan con el ‘maillot’ destrozado por culpa de una caída en la bajada de Val Louron. Y, por supuesto, al esprínter francés Arnaud Démare, el penúltimo, a casi media hora de Quintana y quien curiosamente -¿por qué sería?- solo perdió unos pocos minutos en relación al pequeño escalador colombiano en la última subida. ¡Ay! si el VAR tuviera más ojos.

También pasó por allí el último de la etapa, con el coche escoba, que todavía existe, pisándole los talones. Era el corredor australiano del Mitchelton, Michael Hepburn, un ciclista con apellido de actriz cinematográfica. “Fueron muchas horas instalados en el mismo lugar por lo que hasta pudimos simpatizar con el gendarme que estaba ahí apostado. Era muy simpático y, además, hablaba cuatro palabras de castellano”. Todo perfecto hasta aquí.

En sus teléfonos móviles intentaron registrar la mayoría de información gráfica que pudieron recoger, aunque tratando de vivir el Tour sin la obsesión de perdérselo para hacerse una foto. Y, encima, con buen tiempo, aunque al final llovió cuatro gotas, “aunque nada que ver con el diluvio que nos cayó encima en Arcalís, en Andorra, hace dos años”.

Cuando  Démare y Hepburn acababan de pasar por el lugar que ocupaban, los primeros clasificados ya comenzaban a descender en bici. La llegada era tan estrecha que impedía el paso de los autobuses de los equipos, que siempre es el refugio de los corredores y el vehículo que los transportaba hacia los hoteles de Pau. Todos los autocares estaban aparcados en una zona preparada a tal efecto a nueve kilómetros de la cima.

En esos instantes, la policía trataba de mantener el orden, de que ningún cicloturista se colase entre corredores cansados que buscaban el calor de sus autobuses. Ciertamente, como muchos de los corredores iban tapados y con los chubasqueros puestos para protegerlos del frío de la bajada y ante el riesgo de tormenta, era muy difícil identificarlos. Y, también, para los gendarmes.

“El policía no lo reconoció porque Froome iba vestido de negro y muy tapado. Lo acompañaba en bici un guardaespaldas. Froome llevaba el casco puesto, pero su protector, no. Solo exhibía una credencial identificativa del Tour colgando del pecho”. El policía le dio el alto a Froome, el ciclista trató de seguir su marcha porque entendía que ningún policía le podía obligar a bajar de la bici, como debía ser. Ya estaba bien de obstáculos en una ronda francesa que reúne a muchos aficionados adversos al británico.

gendarme

El policía trató de agarrar a Froome. “El hombre no actuó con violencia. Al no reconocerlo lo confundió con un cicloturista”. Froome se fue al suelo y el policía hizo todo lo posible para mantener el equilibrio. Y fue entonces cuando el agente se dio cuenta de su error. ¡Era Chris Froome! Y lo había tirado. Froome estaba muy enfadado y chillaba al policía. “¡fuck you!” (jódete), era lo que decía Froome. El policía, algo abatido, solo podía responder: “sorry”, mientras el guardaespaldas no perdía la calma.

“Fueron, como mucho, 30 segundos, no más”. Albert tomó las fotos del incidente, las que han dado la vuelta al mundo tras colocarlas en el Twitter, y las que publicó este diario. Albert avisó de las instantáneas a través de la misma red social. “Luego se me agotó la batería”. Ya no quedaba ningún protagonista deportivo del Tour, solo una caravana de espanto, como suele ser habitual, horas de paciencia para descender el monte. Ellos lo hicieron en bici y con la fortuna de encontrar un lugar abierto en Saint Lary para no irse a la cama con el estómago vacío.

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