Cuando las metas volantes valían un potosí

Iglesias

Cuando la lucha por las metas volantes valía un potosí Miguel Ángel Iglesias (Valls, 1961) era una figura en el pelotón de la época. No era ni Pedro Delgado, ni Ángel Arroyo, ni Álvaro Pino, ni Marino Lejarreta. Él no peleaba por vestirse de amarillo en la Vuelta, el color con el que se identifica al líder de la ronda española en los años 80, pero había días, muchas etapas, en las que su equipo preparaba la lucha por las metas volantes, las llegadas intermedias repartidas siempre en dos pueblos del recorrido, como si de la propia victoria de la etapa se tratara. “Hubo jornadas –recuerda Iglesias en la salida de Motril de la Vuelta 2017– en los que mis compañeros de equipo preparaban la meta volante desde 5 kilómetros antes de que llegara. No se permitían las fugas, porque me restaban puntos. Luchábamos para que al menos en los primeros kilómetros el pelotón rodase unificado. Y, además, como había bonificaciones, muchas veces tenía que pelear con los líderes de la carrera que trataban de arañar segundos. La pelea con Sean Kelly en la Vuelta de 1988, que él ganó, fue terrible”.

Iglesias lleva desde 1999 colaborando, como otros tantos exprofesionales, en la Vuelta a España. Él, concretamente, pasa desde la carrera, en un coche que se sitúa a cola de pelotón, los datos que se utilizan para la información en directo on line que la ronda española ofrece a través de su página oficial. En invierno se convierte en el narrador especializado de la mayoría de clásicas ciclistas que ofrece Teledeporte. Entre 1987 y 1991 ganó cinco veces consecutivas la clasificación general de las metas volantes de la ronda española. “En 1992 me quedé sin poder conseguir el reto de los seis triunfos porque me dí un porrazo brutal cuando un corredor belga, al que no vi llegar, me dio un empujón exagerado. Recuerdo que aquel día llegué tan dolorido al hotel de mi equipo que no podía ni sacarme la ropa de competición. Tuvieron que quitarme el ‘maillot’ y el ‘coulote’ cortándolos con tijeras. Aguanté cinco días más en carrera pero tuve que abandonar”.

Las metas volantes permitían al ciclista subir cada día al podio y sobre todo hacerlo al último cajón de la carrera, en Madrid, que en aquella época se instalaba en el Paseo de la Castellana a a altura del estadio Santiago Bernabéu. “Los patrocinadores lucían en mi pecho. Me acuerdo del whisky Dyc, de la ONCE, antes de que formara equipo, entre otras marcas. Luego se esfumó la moda de las metas volantes”. Iglesias se especializó en pelear por todas las metas volantes que había en todas las vueltas que se organizaban en España, muchas más que ahora, desde febrero en la Ruta del Sol hasta octubre en la Vuelta a la Rioja. “Las gané todas, las de la Volta varias veces, excepto las de la Vuelta al País Vasco. Allí nunca tuve suerte”.

Debutó con 21 años, en 1983, cuando corría en el conjunto Kelme, luego pasó por el CR y por Puertas Mavisas. Gracias a su habilidad en esta especialidad se convirtió en el jefe de filas de su equipo y se labró una buena fama cuando las metas volantes valían un potosí.