Cuando ganar cuesta tanto

Madrazo reducido

Hay ciclistas -valga también para otros deportistas- que están acostumbrados a ganar. Son los que pisan el podio y se pasean por él como si estuvieran en el comedor de casa. Otros, en cambio, llegan a la meta, muchas veces rezagados, levantan la vista, miran hacia el ciclista que está recogiendo el ramo y la copa, y solo pueden pensar que un día, casi siempre imaginario, ellos también podrían estar allí. Hay corredores que pueden pasarse toda la vida profesional, hasta una década entera, sin ganar una etapa, sin escuchar la ovación del público mientras saluda en el podio de los sueños.

Ganar es tan difícil que solo un pequeño grupo de elegidos lo consigue de forma asidua. Son la clase dominante, los que no necesitan mirar la cuenta corriente para comprarse una Play Station, en su versión más alta, los que pueden cambiar de coche y buscar una playa paradisíaca en otoño para recuperar fuerzas pensando en la temporada del año siguiente.

Pero ese no es el caso de Ángel Madrazo, un parias del pelotón, un corredor que cuando termine su carrera deportiva deberá buscar una nueva orientación profesional porque el ciclismo, y ya es mucho, solo le procurará buenos recuerdos; el principal, el triunfo de etapa en Javalambre, en la Vuelta 2019. Como dijo Madrazo en una conferencia de prensa digna del mejor monólogo teatral, unos se preparan todo un año para ganar una etapa en la ronda española y otros, en su caso particular, toda una vida para lograr un triunfo de estas características.

La clase obrera del pelotón, los que van a por bidones en equipos pequeños, los que viven como una aventura participar en la Vuelta y cuyo único reto es llegar a Madrid o lo más cerca posible de la última etapa de la ronda española, entrena igual que los elegidos para la gloria. Salen todos los días a la selva de la carretera en bicicleta. Cuidan la alimentación, las horas de sueño y dicen casi siempre no a los amigos cuando los invitan a cenar un viernes o un sábado. Con la pandilla solo se puede quedar en época invernal, pero nunca durante los meses de máxima actividad.

Los parias del pelotón comparten competición con los astros de este deporte, respiran el mismo aire que llega a los pulmones de los ciclsitas del Ineos, del Jumbo o del Movistar. Duermen en los mismos hoteles porque la Vuelta trata de no hacer distinciones a la hora de otorgar y repartir el descanso entre establecimientos de más o menos lujo. Pero a final de mes cuando reciben una alerta comunicándoles que se les ha ingresado la nómina la diferencia es abismal. Los equipos pequeños, tal como denominó Madrazo a su escuadra, el Burgos-BH, acostumbran a pagar a sus corredores el suelo mínimo establecido por los sindicatos ciclistas, que no llega a los 30.000 euros anuales brutos. De lo contrario nunca jamás podrían sacar el proyecto adelante.

Por eso hay que mirar la ‘cartilla’ a la hora de cambiar la Play Station y echar cuentas para llegar a final de mes y, sobre todo, olvidarse de generar ahorros ni pensar en establecerse unos años en Andorra. Difícilmente captan entrevistas, más allá de las anecdóticas por ser el ‘farolillo rojo’ o por recibir algún día el premio a la combatividad tras haber estado escapado unos kilómetros con el permiso de los conjuntos potentes.

Por eso, estaba tan feliz Madrazo, porque sabía que a lo mejor nunca más ganaba una etapa importante y porque había que disfrutarlo. Luego la vida volverá a la normalidad y quién sabe con una nueva Play para jugar con su hijo mayor en cuanto termine la Vuelta.