Cuando el dopaje ya no es un problema

Reducida

La Vuelta comienza este sábado. Es la última gran cita ciclista por etapas del año 2019. La salida se da en la ciudad de Torrevieja, junto a sus famosas salinas rosas. Las imágenes que ofrecerá televisión reflejarán unas playas llenas donde resulta milagroso encontrar unos centímetros libres donde poner la toalla. Es la costa alicantina en su temporada alta, en un agosto siempre cita clave de las vacaciones para centenares de miles de personas.

El ciclismo volverá a su más intensa actividad. Se citarán nombres de favoritos, los que están y los que podrían haber estado. Se hablará de cuestas, de esprínts, de tácticas y durante tres semanas la ronda española ocupará un espacio entre los apasionados hinchas de este deporte.

No hace todavía unos años estos temas nombrados previamente, competición, paisajes, deporte ocupaban un segundo plano. ¿Y por qué? Pues porque el ciclismo era el deporte del dopaje. Cualquier corredor profesional era señalado con el dedo y la mayoría de victorias quedaban en entredicho. Si se producía un ataque, si un corredor iba más rápido que el rival muchas veces se relacionaba más con el qué habrá tomado que con la fuerza natural que impulsaban sus piernas y hacía que moviesen los pedales mucho más rápido que el resto de contrincantes.

El ciclismo tenía un problema y se llamaba dopaje. Atrás han quedado los años en que se circulaba por el interior de un túnel y en el que los periodistas especializados en este deporte estaban obligados a realizar un curso acelerado de farmacología. Los equipos debían tener dos jefes de fila, el que ganaba las carreras y una estrella médica que conocía el lado oscuro de la vida. Si un chaval no andaba y desconocía la razón enseguida alguien le susurraba al oido las referencias de un especialista, de un druída que lo conduciría de nuevo por la senda de la victoria.

Los periodistas difícilmente podían conocer las artimañas antes de que se produjeran. Su papel era denunciar cuando la evidencia era pública. Lance Armstrong ganó todos los pleitos que presentó a los medios que levantaron sospechas hacia él sin pruebas consistentes.

Llegó el Tour del dopaje (1998), la descalificación luego anulada del vencedor de la Vuelta (2005). El ganador del Tour 2006 fue desposeído del triunfo cuando aún no se había cumplido una semana de su victoria. Estalló la operación Puerto y hasta los carabineros tuvieron en jaque al Giro tras efectuar un registro en un hotel de San Remo donde requisaron de todo.

Ahora, ¿quién habla de dopaje? Nadie, afortunadamente. Esta semana la Unión Ciclista Internacional (UCI) ha hecho públicas las conclusiones de una gran encuesta en la que han preguntado a más de 20.000 personas que es lo que había que mejorar, cambiar y hasta lo que más les preocupaba de este deporte. Y el dopaje, siquiera, salía en los papeles.

Por primera vez ha dejado de ser asunto y tema de conversación. Pero lo mejor es que las nuevas hornadas de corredores ya han crecido conociendo las técnicas actuales de entrenamiento, lo importante que resulta la alimentación y el descanso. Pero de dopaje, ni hablar. Y en la Vuelta, menos.