Cosas que no me gustan de un gran equipo

El autobús del Movistar, rodeado de seguidores, en la zona de salida de la Vuelta.

El Movistar tiene asignado un rincón en el corazón de los aficionados al ciclismo porque más allá de cómo se denomine por cuestiones publicitarias (los próximos tres años seguirá siendo la imagen de Telefónica) siempre ha sido el equipo de los campeones. La esencia, sobre todo, de Miguel Induráin, pero también de Pedro Delgado y detrás de ellos un pelotón con la flor y nata de los mejores corredores españoles de los últimos 37 años: Ángel Arroyo, José Luis Laguía, Julián Gorospe, Eduardo Chozas, Melcior Mauri, José María Jiménez, Abraham Olano, Óscar Pereiro… y así hasta Alejandro Valverde y Nairo Quintana, que aunque haya nacido en Colombia (criado ciclísticamente en Pamplona) también ha cogido el timón de antiguos astros extranjeros que engrandecieron esta escuadra como Andrew Hampsten, Jean-François Bernard o Alex Zülle.

Este equipo, primero de la mano de José Miguel Echávarri, hasta su jubilación, y siempre, también, bajo la batuta de Eusebio Unzué, se identificó con su denominación de origen navarra. Los ciclistas ‘navarricos’ eran chavales que crecían y se hacían mayores a la estela de Induráin, quien por cierto no abandonó la escuadra por la puerta principal, como se merecía el más grande de todos los tiempos, ausente, por ejemplo, en el gran homenaje a todos los ciclistas que pasaron por el equipo y que se hizo hace dos años en Pamplona, coincidiendo con la Vuelta, y donde sí estuvieron, entre otros, Perico y Olano.

El Movistar actual cada vez se parece más a un equipo de fútbol, a un gran equipo de fútbol, todo hay que decirlo. Las barreras y la dificultad de comunicación crecen de la misma manera que en un conjunto de fútbol no se pueden ver los entrenamientos en vivo y solo la zona mixta permite el contacto con las estrellas. A este punto, por fortuna, no se ha llegado todavía, pero cada vez  cuesta más, cada vez es más díficil la relación.

Hubo un tiempo en el que los directores del Movistar, llamado Reynolds, Banesto o Caisse d’Epargne, entre otros nombres, bajaban la ventanilla, comentaban la jugada, daban explicaciones magníficas, había hasta risas, un café por las mañanas en las salidas. Esto ya no ocurre y, lamentablemente, no volverá a pasar más. Pero esos chicos que crecieron y se hicieron ciclistas siguiendo el gran ejemplo de Induráin, que se convirtieron en extraordinarios gregarios que hasta ganaban de vez en cuando etapas, hoy llevan las riendas del equipo. Y, parece mentira, pero les cuesta bajar la ventanilla, les duele contestar preguntas, explicar tácticas (aunque estén engañando por cuestiones obvias) y casi parece que consideren como enemigos suyos a los que se atreven a formular cuestiones.

Los tiempos están cambiando. Y no para mejor. Si se lleva muchos años en este oficio no es necesario pasar por los filtros que disponen todos los equipos deportivos (y vuelvo a insistir que no es un problema exclusivo del Movistar) para hablar con un corredor, con Alejandro Valverde, por ejemplo. Porque él, a modo personal, se detiene y no siempre para hablar de ciclismo; un Valverde al que, por favor, no es necesario exponerlo a la imagen de bajar al coche e ir a por bidones. Sin olvidar, tampoco, un gesto de deportividad, por elegancia, hacia Alberto Contador en Aitana, porque había sido el principal artífice de un ofensiva que marcó el camino de la victoria en la Vuelta.

Y porque hay cosas que se deben cuidar. Y porque hay alguien que debería decirle a Quintana que un gran campeón, con la carrera ganada y sentenciada, no tiene por qué esprintar a otro, a Chris Froome, por nada, por absolutamente nada, cuando ya lo has derrotado y has demostrado sobre la bici que, por una vez, has sido mejor que él, a pesar de los palos, los demarrajes y la sensacional resistencia que ha ofrecido.

De verdad, cuando se pregunta no se hace por maldad, si no para tratar de informar mejor a los lectores que te leen. Y, por idéntica razón, no cuesta tanto bajar una ventanilla y sonreír, o dar los buenos días, o las buenas tardes. 37 años de historia y de gloria contemplan a este equipo. No lo olvidemos.