Ciclistas que son de otra casta

Rodilla

Camina o revienta. Si te caes, te levantas. Si llueve, te mojas y si hace calor sudas por todas las esquinas del cuerpo. Es el oficio de ciclista. Es el que estuvo asociado a salir del hambre en los tiempos de posguerra, tanto en España como en el resto de Europa. Ahora ha cambiado todo. “Recuerdo que en mi época -estamos hablando de finales de los 80 y principios de los 90- nos lavábamos la ropa nosotros”, decía hace unos días el exciclista profesional Juan Martínez Oliver.

Y es cierto, hace casi 30 años, un periodista podía quedar con un corredor, subir a su habitación y encontrarse con la imagen de verlo lavando su ropa de competición en la pica del lavabo. Los equipos modestos ocupaban hostales, en vez de hoteles, y por las ventanas abiertas asomaban las prendas secándose al aire libre. Ahora, los autobuses se han convertido en los hogares de los corredores. Flamantes vehículos de lujo, con todo lo necesario, incluso, para pasar la noche con sosiego: asientos de cuero, wifi de alta velocidad, cocina, sofás, duchas, váteres y, por supuesto, lavadoras y secadoras donde los auxiliares echan la ropa de los ciclistas, que introducen en unas bolsas de red con una inscripción que identifica el vestuario del corredor.

Los grandes equipos llevan su propia cocina móvil y cocinero. Hasta hay escuadras que cambian los colchones de los hoteles por los suyos. Pero, aunque mejore el descanso de los ciclistas, cuando entran en competición siguen poniéndose el cuchillo en la boca. Bajan por cuestas donde hacen saltar los radades de velocidad, suben más rápidos que un ciclomotor y en las llegadas acercan su bici a la cuneta, para que no los supere el rival. Y si se cae, qué mala suerte.

Sin embargo, muy grave debe ser la lesión para que el ciclista abandone. Aquí ni hay banquillo, ni tiempos muertos, ni por supuesto ningún auxiliar sale del coche y exhibe el número de dorsal, para que todos lo vean, para que todos sepan que se va a producir un cambio. Tampoco simulan lesiones con las que engañar a los jueces de la carrera. Camina o reviente. Y los periodistas belgas y holandeses, situados alrededor del equipo Lotto-Saudal, en Linares (salida de la octava etapa de la Vuelta), para conocer este sábado el estado de salud de Tiesj Benoot, un prometedor corredor belga, de 24 años, que esta temporada triunfó sobre la tierra blanca de la Toscana, en la Strada Bianche, una de las clásicas más bonitas que hay.

Nadie podía imaginar que tomaría la salida, con una herida abierta en la rodilla, quizá en la fotografía que puso en su cuenta de Twitter el viernes por la noche todavía parecía más exagerado el corte de lo que realmente era, pero allí estaba Benoot, con un vendaje, decidido no solo a acabar la etapa si no la Vuelta. “Quedan 15 días y no se si podré aguantar”. Lo peor sería volver a caer, tal como le pasó el viernes cuando se accidentó y se produjo el escandaloso corte. “Tras una dura primera semana, me sentía muy bien y estaba esperando el final de la etapa. Hasta que llegó un estúpido accidente. Espero que mi rodilla se recupere bien para seguir en la Vuelta”.

Allí estaba Benoot, sin un sustituto, sufriendo en silencio, pendiente de que ninguna bici rival se cruzase en su camino. Es la dureza de este oficio, que desconoce la palabra clemencia. Y como en todos los deportes profesionales solo es una frase para la galería la que habla de que lo importante es participar, no ganar.