Cholet, ciudad blindada por el Tour

Cholet

Son las ocho de la mañana y no hace falta recurrir al despertador. El sonido de los helicópteros, sobrevolando por los cielos de Cholet, despierta a los 56.000 habitantes de esta ciudad francesa. ¿Qué sucede? Un incrédulo, alguien que haya estado al margen de los preparativos –no hay escaparate ni espacio publicitario urbano que no haga referencia al Tour–, podría hasta asustarse con el ruido de los helicópteros. Y mucho más cuando sale a la calle y descubre los bloques de hormigón y las piedras sacadas de una cantera que impiden, y a la vez protegen a los espectadores, movimientos extraños de conductores alocados.

Es Cholet una ciudad blindada, la que acoge este lunes la contrarreloj por equipos del Tour 2018 y la que desde primera hora se ha despertado con una decoración inédita, un escenario único, nunca visto por sus habitantes. Circular en coche es imposible. Los autobuses urbanos permanecen en las cocheras, pero los establecimientos no han cerrado, ni mucho menos, porque con el Tour es día grande en la localidad.

Hormigon

Antes de las 9 de la mañana ya hay centenares de cicloturistas recorriendo el circuito por el que unas pocas horas después transitarán los llamados a ser héroes de este Tour con Peter Sagan, por ahora, vestido de amarillo, al frente de la general. Y estos corredores anónimos, felices por sentirse casi protagonistas de la ‘grande boucle’, coinciden con el equipo más madrugador, a la hora de entrenar, los chicos del Astana, siete en lugar de ocho, porque el domingo se cayó Luis León Sánchez con tan mala fortuna que se fracturó el codo y cuatro costillas con lo que dijo adiós al Tour y posiblemente a la temporada.

No se percatan que los ciclistas del conjunto holandés del Lotto Jumbo pasean en el interior de los vehículos auxiliares porque, a diferencia de los del Astana, prefieren descubrir el recorrido de la ‘crono’, tranquilamente sentados como pasajeros de los coches. Y hasta sorprende la presencia de una seguidora danesa, con las banderas de su país, que ha colocado una tienda de campaña, donde ha pasado la noche, curiosamente situada al lado de un urinario ambulante, sobre el césped de una rotonda, a 1.500 metros de la llegada. Cerca también hay autocaravanas y gente que ya empieza a ponerse junto a las vallas con sombrillas, que clavan sobre el césped, la nevera portátil y sillas de cámping. Hay que pasar el día. Casi ocho horas estratégicamente ubicados para ver pasar a los ciclistas, primero entrenando y luego compitiendo, a la caravana publicitaria, a los coches acreditados.

Es la fiesta de Cholet, en el departamento francés de Maine y Loira, a 60 kilómetros de Nantes, una ciudad curiosamente hermanada con Dènia y que si había entrado en la historia del Tour no lo había hecho precisamente por la fiesta del ciclismo o un triunfo espectacular de un astro de este deporte. En 1998, en sus calles fue detenido el director del equipo Festina, Bruno Roussel. Aquí empezó la pesadilla del Tour del dopaje hace 20 años. Que no se repita nunca más un episodio así.

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