Buscando motores en el Tour

Motores

La escena se produce todas las mañanas en la salida de la etapa del Tour. Unos inspectores, que se identifican como miembros de la Federación Francesa de Ciclismo, llegan a los autocares de los equipos. Lo hacen de forma aleatoria y se acercan a las bicis, que aguardan pacientes a que los corredores abandonen el refugio de los autocares. Sacan una tableta que utiliza un programa que sirve para descubrir si  las bicicletas esconden algo tenebroso; es decir, si en vez de tratarse de una bicicleta tan cara como convencial lo que tienen delante es una ‘ebike’, tal como se denominan ahora a las que llevan un motor eléctrico que ayuda de forma extraordinaria al ciclista y convierte en casi placentero el pedaleo, sobre todo si se afronta una cuesta.

La Unión Ciclista Internacional (UCI) es la que delega a la federación francesa la función de mirar si no hay gato encerrado en las bicicletas de los participantes del Tour. Tienen que confirmar que se trata de bicicletas frescas y ligeras, porque en el improbable caso de que apareciera una con trampa en su interior, el jaleo que se organizaría sería monumental. No querría ver yo los titulares al respecto.

Las tabletas efectúan una especie de radiografía a la bici. Los inspectores repasan todo el vehículo, el manillar, el cuadro, la tija y también las ruedas. Pasan control las bicis de los ocho corredores del mismo equipo. Saludan a los mecánicos y se van. Y así será hasta que el Tour llegue a París.

En enero del 2016 una ciclista belga sub 23, que participaba en el mundial de ciclocrós de la categoría, y que se llamaba Femke van den Driessche tuvo el triste honor de estrenar -afortunadamente es la única infractora- el palmarés de los corredores que apostaban por el denominado dopaje tecnológico. La verdad es que su bici era una auténtica chapuza de ingenio. Un juez de la UCI quedó sorprendido al ver unos cables sospechosos que salían de una bicicleta. La requisaron y en su interior encontraron un motor eléctrico. Identificaron a la corredora que decidió meses después dejar la competición al saber que se había solicitado para ella una suspensión a perpetuidad.

Ahora es tan solo un trámite, como el de pesar las bicis de vez en cuando para ver que no están por debajo de los 6,8 kilógramos permitidos. Hace unos años -la picaresca siempre ha estado asociada a este deporte- había un mecánico que tenía una habilidad especial para engañar a los jueces, ya que sus corredores competían alguna vez con bicis por debajo de los kilogramos autorizados. Colocaba hielo en el interior de los tubos del cuadro minutos antes del pesaje. Si hay coches que pierden aceite y dejan mancha en el asfalto, esas bicicletas parecían sudar y, por supuesto, se mantenían más frescas que las demás.

Ya han empezado a organizarse carreras con bicicletas eléctricas y al igual, en unos años, a alguien se le ocurre crear una especie de Tour de Francia con ‘ebikes’. Todo llegará pero, por ahora, es mejor premiar a los ciclistas cuyo motor está en las piernas.

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