¡Allez Bardet!

Bardet 2

La frase de Salvador Dalí seguro que habría resonado este domingo en la escarpada ruta entre Laissac y Le Puy en Velay, un trazado divino como los cuadros del artista ampurdanés. “Yo querría que toda Francia fuera en bicicleta, que todo el mundo pedalease chorreando sudor, enfilándose como locos por subidas inaccesibles, mientras que el divino Dalí pinta… sí, el Tour de Francia me produce una satisfacción tan persistente que la saliva me fluye a raudales imperceptibles pero constantes”. Y la frase aún habría cobrado mayor actualidad cambiando un par de detalles, que seguro no le habrían importado al pintor. El Tour, el mes de julio, era una de sus épocas preferidas porque las bicicletas desfilaban por la pequeña pantalla de su televisor. “Yo querría que toda Francia fuera en bicicleta, que todo el mundo pedalesase chorreando el sudor de Bardet, con Romain enfilándose como loco por subidas innacesibles”.

Este domingo, en el que otro grandísimo divo de la pintura, Pablo Picasso, sigue vivo en Le Puy en Velay con una exposición de la que presume la ciudad, tanto o más que con el Tour, los aficiondos franceses ya se han entregado en cuerpo y alma hacia el nuevo niño mimado del ciclismo de su país, Romain Bardet, tal vez la opción local más firme para ganar en París desde que Laurent Fignon cedió la victoria en 1989, un triunfo que consiguió por última vez Bernard Hinault, por allá el año 1985. Bardet todavía no había nacido y lo único que sabe de Hinault es lo que él le ha contado o las imágenes del corredor bretón que resucitan con solo poner su nombre en el canal Youtube.

Seguro que Bardet tampoco sabe que Picasso, al igual que Dalí, era otro entusiasta del Tour, aunque a él lo que le gustaba era que los hermanos Lazarides (Lucien y Apo) le explicasen, en el mes de agosto, sus aventuras en la carrera mientras tomaban pastís en una terraza de la Costa Azul. La historia del Tour está plagada de hazañas locales, desde Maurice Garin, que ganó el primer Tour en 1903 casi con un pitillo en la boca. O los hermanos Henri y Francis Pélissier, en los años 20, que resistían la locura de etapas inhumanas gracias a las hojas de coca, que como si fueran una infusión, se disolvían en el interior de sus bidones. Y, dando un pequeño salto, Francia disfrutó en la posguerra con Jean Robic, un ciclista de tan poco peso que necesitaba ponerse plomo en los bolsillos de su ‘maillot’ para acertar en los descensos. Y Louison Bobet o el gran Jacques Anquetil y el siempre amado Raymond ‘Pou-Pou’ Poulidor antes de que aparecieran Hinault y Fignon, a quien le quitó la victoria de 1989 Greg Lemond en la contrarreloj final de París. Nunca más se ha llegado a los Campos Elíseos bajo la dictadura del cronómetro.

Bardet es el nuevo ídolo francés. Su nombre se inscribe en las pintadas de la carretera, como las que aparecían este domingo en la ascensión a Peyra Taillade, un puerto debutante y con una cuesta al 14% de más de un kilómetro de las que corta la respiración. Allí, Bardet no pudo ver su nombre reflejado en el asfalto. Pero bien se puede decir que casi no hay kilómetros en los que no se exhiba una pancarta con su nombre y con el lema de “¡Allez Bardet!” como si toda Francia fuera una voz sudando a chorros como le gustaba a Dalí. 32 años sin ganar en París son muchos. Y, verdaderamente, por el cariño y la pasión que ponen en la carrera, bien que se lo merecen. Resulta hasta difícil pensar en la locura que se originará el próximo domingo en París como Bardet aparezca vestido de amarillo en los Campos Elíseos.

Temas